Adiós a Casa Arturo, uno de los emblemas de Gijón
El histórico merendero no volverá a abrir sus puertas tras tres cuartos de siglo


Gijón
Setenta y cinco años. Lo que llevamos de siglo y la mitad del pasado juntando amigos, familias, encuentros, noviazgos, duelos, celebraciones, acuerdos políticos y empresariales, pausas en la siega y la recolección, pausas en la empresa, gente humilde y gente acomodada compartiendo vinos y culetes; en fin, La Guía, con su capilla y su patrona presidiendo esta casi aldea rural y, a la vez, amplio nudo de comunicaciones: afueras de Gijón pero Gijón profundo.
Casa Arturo, tras cumplir sus bodas de plata y sus bodas de oro, cumple las de brillante (las de tres cuartos de siglo) y cierra. Por jubilación justa y necesaria, que las herederas han elegido otros derroteros profesionales y la hostelería resulta dura e ingrata, aunque aquí la quisieran y disfrutaran, centro de reunión para parroquianos y clientes de toda condición, costumbre y gusto.
Desde sus comienzos los vecinos del barrio emparejaron el café, el culín o la pinta con el periódico, la tertulia y la partida; los obreros demandaban el abundoso y hogareño menú de la casa; los gourmets reservaban en el calmo y elegante comedor principal y parejas, amigos o familias disfrutaban de un arbolado merendero que conoció tardes soleadas de fiambreras y transistores entre plátanos, césped y mesas de piedra.
Punto crucial, la cocina, tradicional y personal, de hechura clásica y con firma exclusiva, sentó plaza y requerimientos. Cocina de aquí y a la manera de aquí con aportaciones personalísimas de Arturo, el patriarca y fundador, y de sus tres hijos: Arturo, Agustín y Pili. El monumental bugre con verdura, el jugoso repollo con gambas, la sabrosa merluza negra, el bacalao fragante de pisto asturiano, los justamente acreditados arroces marineros y cualquier pescado de roca a la sencillez de la espalda o del horno iluminaron paladares y mejoraron humores. Mar, sí, pero también tierra: la vaca roxa en variedad de cortes y presentaciones, el lechazo, las perdices con verduras y las carnes pastoreadas o salvajes que la temporada propiciare.
Arturo Muñiz y María Luisa Claros se fueron ancianos y orgullosos del deber cumplido, con las bodas de oro hosteleras sobradamente cumplidas y ya bisabuelos. Se sabían autores de un legado que los herederos prolongaron sin desvíos. Él nació y creció en Castiello de Bernueces, donde su padre regentaba el llagar de Viñao. Tras conocer a María Luisa, ovetense que veraneaba en Gijón, decidieron buscarse un futuro propio e independiente, y al enterarse que se traspasaba ‘El Pinche’, merendero ya antiguo y muy conocido, decidieron cogerlo y rebautizarlo, no obstante pidieran 250.000 pesetas por la propiedad, cantidad entonces altísima.
Descubre la nueva app de Cadena SER Te ofrecemos una mejor experiencia de audio y video
DescargarLa juventud, la constancia, el trabajo y el amor por el oficio ya son historia gijonesa. Como los clientes de veraneo, las celebraciones o tristezas aportadas por el vecino estadio de El Molinón, los veraneantes fieles o las muchas reuniones políticas –clandestinas y legales- aquí amparadas.
Casa Arturo ya es recuerdo, pero cordial y perdurable. Añadió bondades a nuestra villa marinera y fue marco de excelentes momentos y excelentes sabores. Queda decir lo de 'finis coronat opus', el buen fin corona la buena obra. Y esta casina, popular y refinada a la vez, puede ponerse tal corona.




