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"No vivimos en la antigua cárcel de Palma por gusto, sino por necesidad"

Nos hemos recorrido las instalaciones por dentro y hemos hablado con los afectados

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Reportaje en la antigua cárcel en Hoy por Hoy Mallorca (25/02/2026)

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Palma

Este miércoles a primera hora de la mañana agentes de la Policía Local han establecido un control en los accesos de la antigua cárcel de Palma con el fin de conocer el número exacto de los residentes.

Se calcula que puede hacer más de 200 personas. Se trata del primer paso que da el Ayuntamiento para tratar de desalojar a los usuarios, poder darles una alternativa habitacional, y tapiar la antigua prisión.

Nos hemos recorrido las instalaciones por dentro y hemos hablado con los afectados. Luisa, tiene 58 años, no tiene otra alternativa dónde ir. Su marido cobra poco más de mil euros. Ella no trabaja porque dice que está enferma. Llevan casi cuatro años viviendo en la antigua cárcel.

Hay más mallorquines que residen en la antigua prisión. Jonathan lleva cerca de un año junto a su pareja. Ella es empleada en un estudio de tatuaje y él comienza su trabajo en marzo. Lamenta que se les señale por vivir en este lugar.

La gran mayoría de residentes no tiene papeles y se acaba buscando la vida en trabajos sin contrato. Lamentan que quienes no tienen papeles cobran no más de 30 euros en una jornada de 12 horas diarias en la obra o de jardinero.

Leila vino hace dos años de Marruecos. Antes estuvo en Sevilla. Reside con su hermano, quien vino poco después a la Isla. No trabaja y asegura que en Mallorca se vive bien si tienes papeles.

Una situación similar en la que se encuentra Wilson. Tampoco tiene la documentación en regla y trabaja de lo que encuentra. No sabe dónde ir cuando les digan que tienen que abandonar la cárcel.

Prácticamente la mayoría de personas que viven allí tienen edad para trabajar. Hay pocos jubilados. Es el caso de Manuel. Lleva casi ocho años viviendo en la cárcel. Cobra unos 800 euros después de haber cotizado dos décadas como pastelero, panadero y también en la construcción.

Un lugar en el que conviven todo tipo de nacionalidades y donde la convivencia, por lo general, es buena.

Mientras unos plantan tomates, melisa o menta, otros dan de comer a los gatos que se pasean por las instalaciones.

Caminamos entre montañas de basura y lamentan que los incendios son intencionados por los mismos vecinos o entre los residentes.

Además de gatos, también hay algún que otro perro suelto, dicen que por seguridad. Y es que hay zonas de la antigua cárcel donde nos aconsejan que mejor no nos acerquemos.

Pueden cargar sus teléfonos móviles gracias a las placas solares, salvo los días nublados. Cocinan con bombonas de gas o quemando madera. El agua la traen de la fuente más cercana que está a un kilómetro con carros de supermercado que acaban pesando más de 100 kilos. Y quienes pueden se duchan en los polideportivos municipales o en el centro de acogida de Ca l'Ardiaca.

Y es que todos dicen lo mismo: no están por gusto sino por necesidad, al no poder pagar el coste de una habitación de alquiler.

Haussin es marroquí, mira constantemente el reloj para que pueda comenzar a comer. Le queda todavía un mes para que termine el Ramadán. Después tiene pensado irse a Marbella y quedarse allí.

De puertas hacia fuera solo se ven las paredes pintadas con grafitis, una patrulla de la Policía Local permanente, y los vecinos aseguran que se sienten inseguros.

 

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