Sociedad

Muere el expresidente de Canarias Lorenzo Olarte: el hombre de Adolfo Suárez en las islas

El dirigente autonómico fue uno de los principales protagonistas de la vida política de Canarias en el último tercio del siglo XX que jugó un papel nada despreciable en la transición española

Lorenzo Olarte Cullen / Carlos Diaz-Recio

Gran Canaria

“Sería lamentable que la sencillez, llámesele naturalidad, que es innata en mí, pudiera desvirtuarse por el mero hecho de ostentar un cargo. Creo que es imposible porque en definitiva una personalidad no puede transformarse así como así”. Lorenzo Olarte se definió de este modo en una entrevista concedida en 1974 al hacer balance del primer cargo que ostentaba: la Presidencia del Cabildo de Gran Canaria. Y efectivamente lo que él llamó su “naturalidad innata” fue sin duda una de las características que, junto a otras quizá menos confesables, conservó a lo largo de su dilatada vida pública.

Quiénes compartieron con él muchos de los incontables episodios locales que protagonizó, junto a algunas sonadas incursiones en la política estatal, coinciden en sostener que era un experto en el regateo. Pero él, que siempre estuvo atento a todo lo que se dijera de su persona o de cualquier otra que pudiera cruzarse (y por tanto interferir) en su camino, lo negaba: “Se equivocan quiénes dicen que soy un especialista en el regate corto. En realidad lo soy en el pase largo”, explicó sin venir a cuento en una larga conversación mantenida a raíz del fallecimiento de Adolfo Suárez.

Hijo del gallego Ramón Olarte Magdalena, nació en Pontevedra cuatro años antes de que estallara la guerra civil española. Y entre los recuerdos que conservó de la infancia, uno se le grabó de manera especial en la memoria: la imagen de su progenitor llorando cuando fue apartado por Franco de la judicatura. "Yo tendría tres años cuando mi padre fue cesado como juez, después de haber venido a Canarias para ocupar uno de los pocos juzgados que había entonces", contó casi ochenta años después.

Él se consideraba "un infiltrado en el régimen", tal y como se autodefinió en una entrevista concedida a Televisión Canaria cuando estaba a punto de cumplir sus ochenta años. En ella contó una de las interminables anécdotas que era tan dado a recordar: "Conocí a Franco en una ocasión. Tenía unos ojos negros y penetrantes. En un momento dado clavó sus ojos en mí, y estuvimos unos segundos mirándonos fíjamente. Yo pensé: Este tío se está dando cuenta que soy antifranquista. Y desvié la mirada".

Antes del 31 de mayo de 1974, el día que tomó posesión como presidente del Cabildo grancanario, Olarte era ya un habitual de la prensa local, en la que aparecía en diversas ocasiones, aunque no por su actividad política. Era conocido sobre todo por su afición a los toros, ya que publicaba en La Provincia críticas taurinas. Tampoco era inusual leer su nombre vinculado su actividad profesional, como tutor de la UNED o por el ejercicio de la abogacía, que le llevó a defender tanto a delincuentes comunes en el Aaiún como a jóvenes represaliados, entre ellos el periodista Salvador Sagaseta: "Tengo la convicción de que fue represaliado en el Consejo de Guerra por ser sobrino de quien era, del abogado Fernando Sagaseta, por quien yo sentía admiración".

Los hechos fueron avalando su reformismo y su intención de unir su voluntad a la de otros, como Adolfo Suárez, para transformar desde dentro el sistema franquista. Así, desde que llegó a la Presidencia del Cabildo de Gran Canaria no sólo acató el cargo "por obligado mandato, pero sin jurarlo" y mandó a su jefe de Protocolo, Antonio Coto, a retirar del despacho los retratos de Franco. También tendió puentes constantemente con los comunistas, llegando incluso a incorporar a opositores a puestos significados de la Caja de Ahorros de Canarias y otras instancias públicas.

Estocada al franquismo

Entre 1974 y 1977, Lorenzo Olarte fue también procurador en Cortes y jugó incluso un papel significativo en el tránsito de la dictadura a la democracia: "En el debate de la ley para la reforma política, sobre la que yo había hablado mucho con Torcuato [Fernández-Miranda], fui ponente de dos temas muy delicados: el sistema proporcional y la Constitución, sin poder siquiera mencionar esta palabra". Y en la larga conversación mantenida en el salón de su casa antes del fallecimiento de Suárez, en marzo de 2014, recordaba aquellos años en los que estuvo en el corazón de la política estatal así: "En un momento de mi intervención aludo a la democracia, provocando un gran enfado entre los procuradores, que comenzaron a abuchearme. Torcuato me echó un capote al tiempo que ayudó a calmar las aguas, porque por un lado dijo que había que amparar la libertad de expresión de los procuradores y, por otro, que los que no quisieran oír lo que se estaba diciendo podían irse al bar. Y que él no se podía levantar porque era el presidente. Por su parte Suárez, que estaba a mi lado, me pidió que cambiara de tema y tuve que variar parte del discurso que llevaba preparado".

La sombra de Suárez

Suárez y Olarte se habían conocido años antes de ese histórico 1976. Sus primeros contactos se produjeron a través de su cuñado Ramón Risueño, de Ávila como Suárez, que había mediado para que el entonces presidente del Cabildo de Gran Canaria realizara gestiones con el alcalde Ortiz Wiotz, que no terminaba de conceder la licencia municipal para la construcción del Hotel Iberia. Adolfo Suárez era entonces presidente de Entursa, la empresa dependiente del INE que gestionaba los paradores nacionales y otros alojamientos hoteleros: "Simpatizamos desde el primer momento. Hubo mucho feeling entre ambos ya en el primer encuentro", recordaba.

Cada vez que le preguntaban por aquella época y aquella figura que lideró la transición española, Lorenzo Olarte repetía incansable que "Suarez tenía un carisma como nunca he visto en nadie. Y tal habilidad para seducir a sus interlocutores que era capaz de vender neveras en el Polo". Aquella fue, sin duda, su etapa más conocida y en la que consolidó su carrera en la vida pública, convirtiéndose a partir de entonces en uno de los políticos canarios más activos del último tercio del pasado siglo.

Pero la sombra de Suárez fue tan alargada sobre el que sería su asesor para asuntos con las Islas entre 1977 y 1979, que lo convenció para que abandonara su exitosa Unión Canaria, que había fundado junto a Fernando Bergasa, para integrarse en la UCD. Fue todo un dilema para Lorenzo Olarte, porque “Unión Canaria estaba ya constituida como un partido regionalista, contaba con 12.000 afiliados y había sido presentada en el cine Avellaneda. Pero convenzo a los míos para entrar en la UCD, porque yo creía en Suárez como en nadie. Era un hombre excepcional”. Se integraron y efectivamente arrasaron en las elecciones en Canarias.

Tras la muerte de Adolfo Suárez, el amigo canario que le regalara la foto de satélite de las Islas que guardaba en su despacho, hizo esta reflexión sobre su sensibilidad con esta región tal alejada: “Suárez representó un cambio de talante del poder central hacia Canarias”. También valoró la actualidad política, con esta otra: “Fue una suerte que terminara con un Alzeheimer. Y digo suerte porque para Suárez habría sido terrible ver cómo ha evolucionado España”.

El valor de un peine

Antes de su segundo salto a Madrid, como cabeza de lista del recién constituido grupo de Coalición Canaria, Olarte Cullen se había dado a conocer en la política nacional por la llamativa advertencia que realizó al Gobierno central como presidente canario: “Se van a enterar de lo que vale un peine”, le espetó a Felipe González y su equipo a raíz del conflicto surgido en torno al arancel aduanero comunitario. Josep Borrell y los miembros socialistas del gabinete económico, que no estaban acostumbrados a la naturalidad innata de Olarte, reaccionaron con estupor y amenazaron con aplicar el artículo 155, muchísimo antes de que el conflicto catalán lo hiciera tristemente famoso. Él contaba así su pulso con el Estado: “Felipe González nos exigió un desarme arancelario en virtud al tratado de adhesión a la Comunidad Económica Europea, pero le indiqué que yo no tenía competencias, por lo que me opuse frontalmente”. Y añadió al rememorar aquellos acontecimientos a raíz del conflicto de Cataluña: “La fría carta que envió Felipe González no digo que me la pasara por el arco del triunfo, porque es muy vulgar, pero la envíe a la papelera”.

Errores, traiciones y ocurrencias

Pero los dos años que estuvo como máximo representante de Canarias le supieron a poco y, tras dar el salto a Madrid al frente de los nacionalistas, Lorenzo Olarte aspiraba a volver a la Presidencia del Gobierno regional. Para lograrlo cedió la portavocía del grupo a José Carlos Mauricio y acordó con Manuel Hermoso, en el conocido como pacto del aeropuerto y al margen de ICAN, entrar en el Gobierno como Vicepresidente y consejero de Turismo a cambio de ser él el presidente en la siguiente legislatura. Pero no llegó a serlo porque estalló la crisis en Coalición Canaria, que se resolvió apostando por el joven Román Rodríguez. Ese 1999 marcó el principio del fin político de Olarte, que ya no volvería a la primera fila pese a mantenerse en activo durante varios lustros más.

De hecho, con la llegada del nuevo milenio Olarte Cullen entró en una etapa política casi marginal, si se la compara con el protagonismo que había tenido hasta final de siglo. En 2003, con 71 años, hizo un primer amago de abandonar la política, pero le costaba salir de la escena pública. Había llegado a ella a los cuarenta años, y se había convertido en su medio natural durante otras cuatro décadas. El proyecto de Chillada para la Montaña de Tindaya cubrió de dudas su gestión, y casi le cuesta el Gobierno a Coalición Canaria. También se vio empañado con el caso Hubara, en el que se investigó la supuesta financiación ilegal del CCN presidido por Ignacio González, y otros asuntos de menor enjundia como su paso por Institución Ferial de Canarias (Infecar).

El mundo de ayer

Lorenzo Olarte Cullen formó parte de una generación de políticos canarios que jugó un papel nada desdeñable en el proceso de transición española, junto a Fernando Sagaseta, José Carlos Mauricio, Jerónimo Saavedra y José Miguel Bravo de Laguna, entre otros. Y contribuyó a escribir parte de la historia política de las Islas en un momento clave: el tránsito de una dictadura a una democracia. Con el cambio de siglo, mutó también el signo de su actividad política, que se resistió siempre a abandonar pero que vivió ya en un segundo plano. Pese a ello, fue de los primeros en impulsar las relaciones entre las Islas y el gigante asiático, llegando a fundar y presidir la a Fundación Canaria para la Cooperación con China.

“Yo me levanto a las siete de la mañana y no paro hasta las once de la noche. Paso todo el día escribiendo [sus memorias, según manifestó] y todas las noches me duermo oyendo cantos gregorianos”, concluyó al caer aquella tarde de marzo de 2014. En otra ocasión aseguró que su pasión no había sido ni la política ni la colombofilia: “No habría desdeñado ser torero. Tengo incluso una pequeña cornada que sufrí a los 21 años. Pero mi padre no quería y yo soy de la generación del respeto reverencial a los padres”.

Aquel joven abogado reformista, de origen gallego pero con un sentido acusado de canariedad, alcanzó a ver cumplidos algunos de sus sueños, entre ellos las presidencias del Cabildo de Gran Canaria y del Gobierno de Canarias. Por contra, no logró su ansiada embajada en Venezuela. Vivió momentos de gloria y tiempos difíciles, incluidas la noche que le tocó dormir en el Congreso el 23F y el asesinato de uno de sus secretarios. Se vio envuelto en diversos casos judiciales y vivió sus particulares travesías del desierto y periodos de penurias económicas, que daba a conocer con la misma naturalidad con que contaba sus momentos de éxito. Fue, en cualquier caso, un político cuya trayectoria ayuda a entender el proceso de construcción de Canarias y España en el tiempo en que le tocó vivir: “Nunca he visto a la ciudadanía tan decaída como en el momento actual. El ciudadano le reprocha al político de ahora dos cosas: la corrupción y que no sea capaz de entenderse. Cuando me preguntan en la calle si soy político, suelo decir: “¡Un político de los de antes!”.

 
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