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Gustavo y Mari Carmen, los protagonistas de "El Diario de Noa" de Canarias

Él la visita todos los días en el Centro Sociosanitario de El Pino y "necesita" que le den una plaza para estar siempre al lado de su mujer que es "lo más importante de mi vida"

Gustavo, de 84 años, busca una plaza en el mismo centro que su mujer para pasar sus últimos días juntos

Gustavo, de 84 años, busca una plaza en el mismo centro que su mujer para pasar sus últimos días juntos

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Las Palmas de Gran Canaria

En la película de producción estadounidense, El Diario de Noa, un hombre mayor lee cada día a su esposa, enferma de alzhéimer, el cuaderno donde escribió la historia que cómo se enamoraron cuando eran jóvenes. Ella vive en una residencia; él no falla ni una sola jornada. Le relata, una y otra vez, cómo se conocieron. En este caso, no hablamos de ficción. Gustavo, de 84 años, y Mari Carmen, de 82, se ven todos los días en el Centro Sociosanitario El Pino. Él la visita cada día, no necesita libreta, tiene todo en su cabeza. Vive solo, ahora que su mujer está como residente.

Gustavo fue paracaidista del Ejército de Tierra. Mari Carmen, hija de militares. Se conocieron en Tenerife, en el hospital militar. Él recuerda en Hoy por Hoy El Drago perfectamente aquel primer encuentro. Se emociona al contarlo. “Su familia nos invitó a comer y allí estaba ella, con seis años. Yo tenía siete”, explica.

Tiempo después, volvieron a coincidir, pero en Gran Canaria. Mari Carmen fue al cine con una amiga. Gustavo, que estaba ya enrolado en el ejército, salió de bandera y se la encontró en la calle con una amiga. “Les pedí permiso y me dijeron que no había problema. Me senté a su lado”, dice. Eran otros tiempos, puesto que había horarios estrictos, normas familiares y mucho respeto. Ella le dijo que tenía que pedirle permiso al padre para poder verse más adelante. El padre, cuenta Gustavo, le comentó a su hija “que ella era la que se tenía que cuidar. Yo hablé con él y le dije, señor, soy caballero legionario, la cuidaré y la respetaré todos los días de mi vida”. Y así ha sido.

Han compartido más de 65 años de matrimonio. Hace apenas unos días celebraron sus bodas de oro en el propio centro. Una celebración sencilla, pero cargada de significado para ambos, en la que Gustavo vistió sus mejores galas, uniforme militar incluido.

Hoy Mari Carmen es usuaria del centro y padece alzhéimer. No siempre puede hablar. A veces las palabras no salen. Pero sus ojos sí reconocen. Gustavo lo tiene claro: “Me conoce desde que llego y se pone triste cuando me voy”. Acude cada día a las 11.00 de la mañana, hasta las 12.30, que es cuando Mari Carmen va a comer y descansar. Se sienta a su lado. Le habla. La mira. La acompaña. Como en la película, pero sin guión y sin focos.

La diferencia es que, cuando termina la visita, Gustavo debe volver solo a su casa. Comenta que “me suelo gastar unos 700 euros en taxi al mes. No puedo ir en guagua, llevo bastón y me cuesta”. Ahí también aparece otra realidad, como es la soledad no deseada. Él mismo reconoce que lo está pasando mal. Vive pendiente del reloj, que tiene conexión directa con emergencia, tiene miedo a caerse, con la sensación de que el tiempo que les queda debería transcurrir juntos.

Un deseo sencillo: estar juntos hasta el final

Gustavo está buscando una plaza en el mismo centro para poder vivir junto a su mujer. No pide nada extraordinario. Solo poder compartir con ella los días que les queden. Quiere acompañarla por la mañana y por la noche. Estar cuando despierte. Estar cuando anochezca. Que no haya despedidas diarias y ese nudo en el estómago cada vez que la deja atrás. “Como si me tengo que quedar en el suelo. Solo quiero estar con ella y sigue pasando el tiempo”, añade. “Llevo ya un año con los trámites, tengo grado 2 de dependencia. Me ayudan unas horas en casa, pero yo solo quiero estar a su lado”, comenta. Es decir, que la historia no tenga dos habitaciones separadas.Porque si algo han demostrado durante más de seis décadas es que su vida siempre fue una sola.

Esta no es una historia de cine. Hay lágrimas reales, manos que se buscan y una promesa cumplida durante toda una vida. Gustavo sigue yendo cada día con la esperanza de que, esta vez, el final también sea juntos.

 

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