"Un hospital es un sitio muy negativo para vivir”: el sistema sanitario de Canarias sigue tensionado con pacientes dados de alta que se alojan en los centros sanitarios
"Se están dejando de hacer 12.000 ingresos al año", advierte el gerente del Hospital Doctor Negrín, Miguel Ángel Ponce

Problema crónico en las camas hospitalarias en Canarias ocupadas por personas con el alta
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Las Palmas de Gran Canaria
Hay personas en Canarias que no están ingresadas en un hospital, pero tampoco pueden irse. Han recibido el alta médica, ya no necesitan atención hospitalaria intensiva, y sin embargo siguen allí. Días, semanas, meses. En algunos casos, años. Un síntoma de un sistema sanitario tensionado hasta el límite, incapaz de dar salida a cientos de pacientes que, una vez superada la fase aguda de su enfermedad, quedan atrapados en un vacío asistencial. Un lugar donde el hospital deja de ser un espacio de cura para convertirse, en la práctica, en una residencia improvisada.
Miguel Ángel Ponce, gerente del Hospital Universitario Doctor Negrín, lo resume sin rodeos: “los hospitales se están convirtiendo en residencias de mayores”. Y lanza una advertencia clara: “eso es lo que indica que el sistema está en un momento muy, muy límite”.
Una cama en una residencia sale 100 euros al día y una en un hospital 700, la factura de tener estas camas ocupadas por personas con alta supera los 130 millones al año
La escena se repite cada día. Camas ocupadas por personas que ya no necesitan estar ahí, urgencias saturadas, pacientes esperando durante horas, o incluso días, en pasillos porque no hay sitio en planta. “Vemos esas imágenes que nos quitan el sueño”, reconoce Ponce, que admite el impacto emocional que tiene esta situación también en los profesionales sanitarios.
En Canarias, entre 500 y 600 camas hospitalarias están ocupadas por pacientes con alta médica. Si se suman las camas concertadas, la cifra puede rozar el millar. “Al final se está convirtiendo esto en un bloqueo hacia nuestras urgencias”, explica el gerente. No son números abstractos: son espacios que dejan de estar disponibles para quien sí necesita una operación, un ingreso urgente o un tratamiento inmediato.
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El efecto es inevitable. “Se están dejando de hacer 12.000 ingresos al año por tener estas camas ocupadas”, advierte. Doce mil personas que no pueden ser atendidas en tiempo y forma porque el sistema está bloqueado desde dentro.
Hay hospitales en Canarias donde 90 de las 150 camas que tiene una planta están ocupadas por personas con alta
La mayoría de estos pacientes son personas mayores, muchas de ellas con enfermedades crónicas o algún grado de dependencia. Tras recibir el alta, necesitan cuidados, apoyo, supervisión. Algo que el hospital ya no debe proporcionar, pero que tampoco encuentran en otro lugar. “Hay familias que no pueden cuidarlos porque no tienen recursos”, señala Ponce.
Canarias arrastra un déficit de más de 9.000 plazas sociosanitarias y se sitúa muy por debajo de la media nacional. “Estamos en la mitad de lo que es la media nacional en camas sociosanitarias”, subraya. Y esa carencia se traduce directamente en camas hospitalarias ocupadas por quienes no deberían estar allí.
Canarias tiene en sus 11 hospitales un total de 4.383 camas, según la última estadística del Ministerio de Sanidad. Son dos camas por cada 1.000 habitantes, por debajo de la media nacional (2,4) y siendo la cuarta comunidad autónoma con menos unidades
El sistema, diseñado para atender enfermedades agudas, no ha evolucionado al ritmo de la sociedad. La población envejece, las enfermedades crónicas aumentan y cada vez más personas necesitan cuidados prolongados. “Nuestro modelo sanitario se ha enfocado hacia lo agudo, pero la realidad demográfica está tensando ese modelo”, explica.
En Canarias, ahora mismo, 32.131 esperan por una cirugía y lo hacen, de media, 3 meses y medio.
Por eso insiste en un cambio de enfoque, ya que “tenemos que mirar hacia la cronicidad”. No es un matiz menor. Casi la mitad de las altas hospitalarias corresponden ya a pacientes mayores de 65 años. “El 45% de las altas son pacientes mayores”, recuerda.
Ahí es donde aparece un concepto clave: los cuidados intermedios. “La solución se llama un impulso definitivo a los cuidados intermedios”, resume. Se trata de recursos situados entre el hospital y el domicilio, como centros de convalecencia, hospitales de día geriátricos o atención domiciliaria reforzada. “Son pacientes que no necesitan una hospitalización de alta complejidad, pero tampoco pueden volver a casa”, explica. Sin estos recursos, el hospital se convierte en la única salida.
Al final, los pacientes permanecen en un entorno que no está pensado para vivir. “Un hospital es un sitio muy negativo para vivir”, advierte. Y añade un dato que ilustra la gravedad, puesto que “tenemos pacientes que llevan años en el hospital”.
Los profesionales trabajan en un entorno cada vez más tenso, con sobrecarga asistencial y una frustración creciente. “Esto nos quita el sueño”, admite. Ver a una persona de 90 o 100 años pasar días en un pasillo no es solo una imagen impactante, es una situación que, en sus palabras, “nos hace sufrir a los profesionales sanitarios”.
Cuando no hay camas, las urgencias se bloquean. Cuando las urgencias se bloquean, las operaciones se retrasan. “No tienes camas para ingresos posoperatorios y se suspenden intervenciones”, explica. Es un efecto dominó que termina afectándolo todo. En medio de esta realidad, también hay matices incómodos. No todos los casos responden a la falta de recursos. “Hay algunos pacientes que tienen recursos y posibilidades para estar en su domicilio”, reconoce. Sin embargo, en ocasiones las familias no asumen ese cuidado.
Son los menos, pero existen. Y en esos casos, la administración ya contempla recurrir a la vía judicial. “Eso es un abandono, y es un delito”, afirma con claridad. Aun así, el problema de fondo sigue siendo estructural. La gran mayoría de las familias no abandona por elección, sino por imposibilidad. “Vamos a centrarnos en lo gordo: hace falta crear estas estructuras”, insiste.
Pacientes que viven en hospitales durante meses. Otros que pasan días esperando una cama. Profesionales que lidian con la presión constante. Un sistema que, pese a seguir funcionando, lo hace cada vez más cerca del límite. “Esto no lo digo como crítica, sino de forma constructiva”, aclara Ponce. “Es nuestra sanidad, nuestro bien más apreciado”.
La solución no es sencilla, pero sí está clara: reforzar los recursos sociosanitarios, invertir en cuidados intermedios y adaptar el sistema a una realidad que ya ha cambiado. Porque, como advierte el propio gerente, el problema no es solo de Canarias: “es un problema de todo el país”.
Y mientras tanto, en alguna planta de hospital, alguien sigue esperando. No a ser curado, sino a tener un lugar al que ir.




