Caminar sin ver: un recorrido a ciegas por Las Palmas de Gran Canaria que revela otra ciudad
Lo que para muchos es rutina, para Ruth es un ejercicio constante de orientación, memoria y supervivencia urbana

Un día con una persona ciega en Las Palmas de Gran Canaria
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Las Palmas de Gran Canaria
Ruth camina con seguridad. No duda, pero cuando le preguntas sí reconoce que se siente vulnerable en un recorrido por la ciudad. A su lado, Kena, su perra guía, marca el ritmo. Frente a ellas, un entorno que para la mayoría es perfectamente reconocible, pero que para ella se construye de otra manera, como es a través del sonido, del tacto, del olor… y también del riesgo continúo de lo que a simple vista para una persona normovidente es “normal”.
Tiene 34 años, desde los cuatro siendo afiliada de la ONCE, y no recuerda haber visto. “Tenía muy poquito resto visual y a los seis años ya me quedé ciega total”, cuenta. Desde entonces, moverse por Las Palmas de Gran Canaria no es solo desplazarse: es interpretar constantemente un entorno que no siempre está pensado para quien no puede verlo. Nada más salir a la calle aparece el primer obstáculo invisible para muchos, el bordillo y el semáforo. Aunque esté adaptado, no siempre es suficiente.
“En dos ocasiones he tenido problemas”, recuerda. “La primera vez, si no llega a haber una persona que me avisa, hubiera tenido un accidente con una guagua que se saltó el aviso del semáforo adaptado”. Hace una pausa breve, respira y explica que “y otro día, ya cruzando, una moto pasó justo por detrás. Si no me avisan, las consecuencias tal vez hubieran sido otras”.

Un recorrido a ciegas por Las Palmas de Gran Canaria que nos obliga a mirar, de verdad, cómo compartimos el espacio en la zona centro entre carriles bicis, guaguas, los bordillos, etc.
Cruzar implica confiar. En el sonido, en el sistema… y en los demás. Pero también implica tiempo. Y ahí surge otra dificultad: “Tienes que tener un poco de prisa cruzando y a veces, cuando llevas el perro, no puedes meterte más prisa porque también va a su ritmo. Es una presión añadida”. El trayecto continúa y, poco a poco, Ruth empieza a dibujar la ciudad con palabras que no suelen aparecer en los mapas. No habla de calles o edificios, sino de sensaciones y sonidos.
"Si cambia la calzada o pavimentan un lugar, se pierden las referencias"
En ese momento, nos pusimos en su piel. Antifaz, bastón y a la aventura, porque realmente lo es cuando te pones en su piel. Ahora mismo sé que estamos en el Parque Santa Catalina por los adoquines, por el traqueteo. Contesta Ivana Santana, la técnica de rehabilitación que nos acompaña que “una persona invidente también lo sabe, pero si cambia la calzada o pavimentan un lugar, se pierden las referencias”.
También está el olfato: “Cerca hay algún sitio con croissants porque me están oliendo”. Pero claro, tampoco es una fuente fiable, los sitios cambian, cierran y se pierden, de nuevo, sitios para saber dónde está.
“No te puedes fiar siempre de los olores o de ciertos indicadores. A lo mejor un día está abierto y otro no. Y te desubicas”, dice Ivana.
Cuando todo está al mismo nivel, a cota cero, supone peligrosidad para las personas invidentes
Ahí es donde entra la función principal de la técnica de rehabilitación y traduce esa experiencia en aprendizaje. “Lo más seguro son las texturas del suelo, lo que no cambia”, señala. Porque en un entorno donde todo puede variar, el ruido, el viento, la actividad… lo único estable es lo que se pisa. Sin embargo, hay zonas donde ni siquiera eso ayuda. Mesa y López, uno de los espacios más modernos y abiertos de la ciudad, se convierte en uno de los más complejos. Todo está al mismo nivel. Sin bordillos. Sin límites claros.
“Al estar todo a cota cero, no hay nada que le indique a la persona ciega que está llegando a un cruce”, explica Ivana. “Ni referencias físicas ni visuales claras”. Ruth lo siente de inmediato: “Yo, aunque estoy entrenada, vengo con una sensación de inseguridad porque no la controlo”. Mira hacia delante, aunque no vea. “No sé ni por dónde voy ni qué es lo que me rodea”.
La paradoja es evidente: un espacio diseñado para eliminar barreras arquitectónicas genera otras nuevas, invisibles para quien sí puede ver. A eso se suma otro factor silencioso: “Los coches híbridos no hacen ruido, y eso para nosotros también es un peligro”, añade Ivana. La autonomía, en este contexto, no es algo dado. Se entrena día a día. Se construye.
"Establecemos rutas para que la persona ciega vaya protegida"
“Primero analizamos la zona y establecemos rutas en las que la persona vaya protegida”, explica la técnica. “Buscamos que tenga referencias constantes y que pueda enfrentarse a las dificultades con recursos”. Es un proceso que combina repetición, memoria, uso del bastón o del perro guía. Pero incluso así, hay límites. “Hay recorridos que no son viables si no vas con perro o con acompañamiento”, reconoce.
Para entenderlo, basta con intentarlo. Bastan unos minutos con los ojos cubiertos para que la ciudad cambie por completo. El sonido del tráfico se vuelve confuso. El viento desorienta. La línea recta deja de existir y se confunde el entorno.
La sensación aparece rápido, te sientes vulnerable, con miedo. Cada paso es una duda. Cada ruido, una posible amenaza. Con el antifaz y perder la visión lo que antes era automático se convierte en un ejercicio de supervivencia cotidiana.
Y, sin embargo, Ruth lo hace cada día. Con entrenamiento. Con esfuerzo. Con una atención constante que no se apaga nunca. “Es un reto constante”, resume.
Un reto que no depende solo de ella, sino también del entorno… y de quienes lo comparten. Porque en ese recorrido hay otro elemento que marca la diferencia: la reacción de los demás. Pequeños gestos, como respetar un paso, advertir de un peligro, no invadir un espacio… pueden cambiar completamente la experiencia de alguien que no ve.
El coste del entrenamiento de un perro guía es de unos 30.000 euros
Mientras tanto, Kena sigue guiando. Como lo hizo antes otra perra, ya jubilada, que aún vive con Ruth. Detrás de cada una hay años de formación y un proceso exigente. No se le da a cualquiera un perro guía, hay que pasar informes y el coste del entrenamiento asciende a 30.000 euros. Es compañía y una gran herramienta de autonomía que implica responsabilidad y compromiso.
El paseo termina, pero la sensación permanece durante un buen rato. Lo que para nosotros ha sido un experimento puntual, para Ruth es su día a día. Una ciudad que no siempre está diseñada para ella, pero que recorre igualmente. Es clave que tenga su autonomía y movilidad, que no evite a la gente, la calle y que deje de vivir en su ciudad, donde se ha criado, en definitiva.




