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El sarruján, el niño que aprendía a ser pastor en la Cantabria rural

El escritor Manuel Llano es el más famoso de los sarrujanes

La antropóloga Araceli González repasa la historia del oficio de sarruján

La antropóloga Araceli González repasa la historia del oficio de sarruján

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Santander

El sarruján fue una figura esencial en la cultura pastoril de Cantabria durante siglos. Un oficio infantil, hoy desaparecido, que introducía a los niños en el mundo del pastoreo y del trabajo ganadero desde edades muy tempranas, bajo la autoridad de los pastores y vaqueros.

Su memoria pervive gracias a la tradición oral, la investigación etnográfica y a la literatura cántabra, con nombres tan relevantes como Manuel Llano o Delfín Fernández González.

Un oficio infantil

La antropóloga e investigadora del CSIC, Araceli González Vázquez, ha profundizado en el significado y las funciones de este viejo oficio, recordando que el sarruján era, ante todo, “un niño que pastorea el ganado y que colabora con el pastor en algunas de sus otras actividades diarias”, como la elaboración de mantequilla o queso. Se trataba de una figura auxiliar, un primer escalón dentro de una jerarquía laboral bien definida en el ámbito rural.

El oficio de sarruján no era solo una ayuda puntual, sino una auténtica escuela de vida. Según explica González, “actuaba bajo la autoridad del pastor y aprendía el oficio desde abajo y desde niño”. Aunque no todos los sarrujanes llegaban a convertirse en pastores, sí era un camino habitual: "muchos vaqueros habían comenzado siendo sarrujanes".

La infancia rural estaba marcada por jornadas duras y responsabilidades adultas: ordeñar, dirigir la cabaña, amasar la borona, marcar las reses o bajar al pueblo a por harina. Todo ello formaba parte de una estructura laboral jerarquizada que la literatura reflejó con precisión y sensibilidad.

Manuel Llano

El escritor cabuérnigo Manuel Llano es, sin duda, el sarruján más conocido de Cantabria. Y no solo por su obra literaria, sino también por el significado que esa experiencia tuvo en su vida y en su mirada como escritor.

Tal y como explica Araceli González, el apodo de El Sarruján de Carmona se popularizó “sobre todo a partir de la publicación del libro de Celia Valbuena sobre su vida y su obra, que se titula precisamente El Sarruján de Carmona”.

Ese título, señala González, “resume muy bien la importancia que tuvo para él aquella experiencia infantil de pastoreo en los montes de su valle de Cabuérniga”. El trabajo como sarruján no fue un simple recuerdo autobiográfico, sino un elemento central en su forma de entender el mundo rural, la infancia y la dureza —pero también la humanidad— de la vida en los pueblos.

Salario, dureza y jerarquías

Pese a su corta edad, el trabajo del sarruján solía ser remunerado. El salario se negociaba en el concejo y se “ajustaba”, como explica González, utilizando un término propio del habla cántabra. En algunos casos, la retribución consistía en un cuarto de celemín de borona por semana, aportado por los propietarios del ganado.

Llano retrató ese universo con ternura y crudeza, sin ocultar las sombras. En sus textos aparecen los castigos, la pobreza y el trato áspero que a veces recibían los niños, pero también el compañerismo y los sueños de futuro.

En boca de uno de sus personajes dejó escrito: “He de querer a los probes sarrujanes, he de acariciarlos y dejarlos que duerman…”, un deseo que delata tanto la dureza vivida como la esperanza de un trato más justo.

Estas palabras revelan tanto la esperanza infantil como la realidad de una jerarquía laboral estricta, en la que el sarruján ocupaba el peldaño más bajo. La disciplina, a veces extrema, formaba parte del aprendizaje, junto a una vida austera marcada por la pobreza.

Los sarrujanes en la literatura

La figura del sarruján dejó una huella profunda en la literatura regional. Además de Manuel Llano, otros autores cántabros abordaron este oficio desde una perspectiva etnográfica y humana. Delfín Fernández González, natural de Sopeña, publicó en 1894 el relato El Sarruján, protagonizado por Goya, un niño de 12 años que acompaña a su padre, vaquero, en los puertos de montaña.

También aparecen referencias en textos de Hermilio Alcalde del Río, Elpidio de Mier o Federico de la Vega, que ya en 1874 reflejaba cómo “comer borona y tocar el bígaro” simbolizaba una vida dura y sin expectativas fuera del mundo rural.

El bígaro, esa concha o cuerno utilizado para comunicarse con el ganado, se convirtió en un símbolo sonoro del pastoreo. González recuerda que era “esencial para la comunicación entre los pastores y el ganado”, presente en numerosos textos literarios y en la memoria colectiva.

Una memoria que sigue viva

Aunque el oficio de sarruján desapareció con la transformación del mundo rural, su recuerdo sigue vivo en Cantabria. No solo a través de los libros, sino también en la música y la memoria reciente: Benito Díaz, uno de los grandes intérpretes de tonada, fue conocido como El Sarruján de Carmona, y en 1991 publicó un álbum con ese título. Más recientemente, un libro de Pedro Arce recupera la figura de Julián Díaz Mier, otro sarruján de los puertos de Sejos.

Como subraya Araceli González, hablar del sarruján es hablar de una parte esencial de la historia social de Cantabria: una infancia trabajadora, ligada a la tierra y al ganado, que contribuyó a forjar la identidad cultural de los valles y montañas.

Conchi Castañeda

Conchi Castañeda

Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Redactora de cadena...

 

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