A Vivir Cantabria
Historia

Aluches, engarras y hurrias, luchas tradicionales de Cantabria en riesgo de desaparición

La antropóloga Araceli González reivindica la protección de estas prácticas que forman parte de nuestro patrimonio inmaterial

Santander

Cantabria conserva en su memoria colectiva un conjunto de luchas tradicionales -aluches, engarras y hurrias- que durante generaciones formaron parte esencial de la vida en pueblos y ciudades.

Estos combates, tan físicos como simbólicos, actuaban como mecanismos de socialización, de medición de fuerzas y de resolución ritual de tensiones.

En la sección de Etnografía del programa A Vivir Cantabria, la antropóloga e investigadora del CSIC, Araceli González Vázquez, explica que no se trataba de simples juegos, sino de prácticas con un papel social definido.

“No se trataba de divertirse o de hacer daño sin más, sino de medir fuerzas, demostrar habilidad y destreza en público, o incluso resolver tensiones dentro de unos límites compartidos”, señala.

Hoy forman parte del patrimonio inmaterial de Cantabria, aunque, como ella misma advierte, se trata de un legado “en riesgo de desaparición”.

El aluche

Los aluches están profundamente ligados al cántabru y al ámbito asturleonés, con un parentesco directo con la lucha leonesa, reconocida como Bien de Interés Cultural. El BOE que protege esta modalidad menciona expresamente los aluches y engarruchas de Cantabria, subrayando su raíz común.

Además, el aluche está oficialmente reconocido en el diccionario de la RAE, que lo define como una pelea entre dos personas que se agarran por el cinturón de cuero con el fin de derribar al contrario. Esta presencia en la lexicografía académica confirma su arraigo histórico y cultural.

González destaca que el aluche es mucho más que una diversión:“Reducir el aluche a un simple juego se queda corto. Es una forma de violencia interpersonal ritualizada, aceptada socialmente y con un fuerte componente simbólico.”

Estos combates se realizaban en fiestas, reuniones y espacios de sociabilidad masculina, donde los participantes se agarraban por brazos, cintura o incluso la correa de cuero del pantalón (petrina o cintu) con el objetivo principal de derribar al adversario. Expresiones populares como 'echar un aluchi' o 'echar abaju' hacen referencia a esa acción final de tumbar al rival ante la mirada de la comunidad.

La antropóloga subraya que estas luchas transmitían valores más allá de la fuerza física:“No era sólo cuestión de ganar, sino de demostrar equilibrio, autocontrol y un comportamiento honorable.”

Mientras que en León su transformación en deporte federado garantizó su continuidad, en Cantabria la práctica entró en declive. “La ausencia de apoyo institucional ha desempeñado un papel importante”, resume González.

La engarra

Más espontáneas y menos regladas que los aluches, las engarras —también llamadas 'engarruchas'— eran peleas informales que podían estallar en cualquier momento y entre cualquier persona: hombres, mujeres, niños o incluso animales.

González señala claramente su naturaleza menos ritualizada:“La engarra se refiere a prácticas más informales.”

La prensa cántabra de finales del XIX está llena de referencias: dos mujeres “engarradas” por celos, un americano y una posadera en plena pelea, dos muchachos en Monte o incluso perros enfrentados. Estas escenas muestran que la engarra formaba parte del paisaje cotidiano.

Para González, estos enfrentamientos revelan “la iniciación del carácter astuto y prevenido” de los mozos. La literatura montañesa —José María de Pereda, Llano, Galvarriato o Vicente de Pereda— recoge abundantemente estas escenas, reflejando su papel en la cultura local.

Las hurrias

Sobre as hurrias, la antropóloga señala que "eran peleas a pedradas entre niños y jóvenes de barrios, calles o pueblos vecinos. Se trataba de auténticas batallas territoriales, donde se ponían en juego la valentía, la puntería y la pertenencia al grupo". Su nombre procede del ámbito semántico de la piedra, vinculado a 'hurru', término cántabro para las rocas que asoman en el mar.

González explica su lógica interna:“Eran contiendas entre barrios vecinos o barriadas vecinas, o entre pueblos próximos, con una pugna clara por el dominio simbólico del territorio.”

La literatura cántabra también las recoge: Jesús Pardo recuerda su primera paliza en una hurria; José del Río, Álvaro Pombo o José Hierro evocan estas batallas como parte habitual de la infancia santanderina. La prensa del siglo XIX confirma su frecuencia en espacios como el Prau de Tantín, La Talaya o San Roque.

El componente territorial aparece incluso en la música tradicional, con coplas como:«Si vas a Torlavega, lleva piedras en la mano, porque te quieren pegar los mozos de Campuzanu».

Incluso personalidades como Eulalio Ferrer recordaron, ya adultos, su participación en las hurrias de su infancia.

Patrimonio inmaterial

Las luchas tradicionales cántabras son hoy un patrimonio frágil, poco protegido y en riesgo de desaparecer, apunta la investigadora del CISC. Pero también constituyen un testimonio único sobre cómo las comunidades gestionaban la violencia, la identidad y la cohesión social.

Estas prácticas, añade, forman parte de “una verdadera cultura corporal secular, quizá milenaria” que atraviesa el arco atlántico europeo y que Cantabria aún puede y debe reivindicar.

Conchi Castañeda

Licenciada en Ciencias de la Información por...