De Cosgaya a Avellanedo: los hórreos que aún sobreviven en Cantabria
Te contamos cuántos hay, dónde se localizan y por qué su valor cultural aspira al reconocimiento de la UNESCO
Te contamos cuántos hórreos sobreviven en Cantabria, dónde se localizan y por qué su valor cultural aspira al reconocimiento de la UNESCO
Liébana
Este patrimonio tradicional ha dado esta semana un paso clave hacia su protección y reconocimiento. El Consejo de Ministros ha aprobado un decreto por el que los hórreos del norte de la Península Ibérica, entre ellos los cántabros, son reconocidos como manifestación representativa del patrimonio cultural inmaterial, lo que los sitúa en el máximo nivel de reconocimiento a nivel nacional y abre la puerta a una futura candidatura a Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Un respaldo institucional que pone el foco en un legado escaso en número, pero de enorme valor histórico: Cantabria cuenta hoy con 21 inventariados, pero en total puede haber una treintena, repartidos principalmente por la comarca de Liébana, una cifra muy reducida si se compara con regiones vecinas como Asturias o Galicia. Sin embargo, su valor patrimonial es excepcional: en un territorio pequeño se concentran casi todas las tipologías conocidas de graneros elevados, algunas de ellas únicas en la comunidad, y con ejemplos que se remontan al siglo XVI.
Así lo ha explicado en "A vivir que son dos días Cantabria", el presidente de la Asociación de Amigos del Hórreo Cántabro, José Francisco Fernández, una de las entidades impulsoras de este largo proceso que ha nacido exclusivamente desde el ámbito civil, sin respaldo institucional directo durante sus inicios.
Pocos hórreos, pero de enorme valor histórico
Según Fernández, en Cantabria se conservan solo tres hórreos originales del siglo XVII, repartidos entre Mogrovejo, Espinama y Avellanedo, pertenecientes a dos tipologías propias de la región. A ellos se suma un ejemplar excepcional situado en Cosgaya, de estilo asturiano y datado en el siglo XVI, lo que lo convierte en uno de los más antiguos del norte peninsular.
Además, existen otros hórreos rehabilitados o reconstruidos a partir de documentación histórica, fotografías y planos originales, como el inaugurado en Anievas en 2021, gracias al trabajo conjunto de la asociación y la Consejería de Turismo.
“La paradoja de Cantabria es que tiene pocos hórreos, pero reúne casi todas las tipologías posibles”, ha explicado Fernández. En Liébana, especialmente en el municipio de Camaleño, se localiza la mayor concentración, con hasta seis tipologías diferentes, incluidas variantes leonesas, asturianas, cántabras y una de origen centroeuropeo.
De símbolo rural a pieza olvidada
El declive del hórreo en Cantabria comenzó en torno a los siglos XVII y XVIII, cuando la evolución de la casona montañesa incorporó espacios interiores suficientes para el almacenamiento de grano y otros bienes. A diferencia de Asturias y Galicia, donde el hórreo siguió siendo esencial para el secado del maíz, aquí cayó progresivamente en desuso.
Aun así, durante siglos fue mucho más que un granero. “Era la caja fuerte del mundo rural”, recuerda Fernández: servía para guardar alimentos, documentos, productos de la matanza e incluso para dar cobijo a peregrinos o alojar familias en momentos de necesidad. Su carácter desmontable —es considerado un “mueble” más que un inmueble— permitía trasladarlo de un lugar a otro, una singularidad constructiva que refuerza su valor como patrimonio inmaterial.
El Camino Lebaniego, clave en su diversidad
Buena parte de la riqueza tipológica de los hórreos cántabros se explica por la influencia de los Caminos Santos, especialmente el Camino Lebaniego, que actuaron durante siglos como vía de intercambio cultural, comercial y constructivo.
En este proceso de recuperación y divulgación del patrimonio, la Fundación Camino Lebaniego ha desempeñado un papel clave en los últimos años. Entre sus actuaciones más destacadas se encuentra la rehabilitación del hórreo de Avellanedo, un ejemplar único en Cantabria por su tipología y uno de los tres hórreos originales del siglo XVII que se conservan en la región. Los trabajos, realizados en colaboración con la Asociación de Amigos del Hórreo Cántabro, han permitido no solo asegurar su conservación, sino también poner en valor su relación histórica con los caminos de peregrinación, ya que está documentado que este hórreo sirvió de refugio a caminantes y peregrinos.
En esa tarea de divulgación de este patrimonio, además de promover restauraciones, han realizado congresos y una exposición permanente en el centro de visitantes del Parque Nacional de los Picos de Europa, en Sotama. Parte de esta muestra viajará próximamente al Museo del Peregrino de Santiago de Compostela.
Un reconocimiento que abre nuevas oportunidades
El decreto aprobado por el Gobierno supone, en palabras del presidente de la asociación, “un cambio de escenario”. Aunque no implica automáticamente nuevas figuras de protección, sí permite acceder a planes estatales de apoyo, fomenta la sensibilización institucional y refuerza su proyección turística y cultural.
“El hórreo es indispensable para entender el mundo rural”, ha señalado Fernández. “No se puede explicar nuestra historia sin él”. El reto ahora es dar a conocer este patrimonio, incluso entre los propios cántabros, y evitar nuevas pérdidas como la reciente destrucción de un hórreo del siglo XVII en Casar de Periedo.
Con este reconocimiento oficial, Cantabria mira de nuevo a sus hórreos: pocos en número, pero imprescindibles para entender su identidad rural y su historia.
Marta Bustamante
Licenciada en Periodismo y Publicidad por la...Licenciada en Periodismo y Publicidad por la Universidad del País Vasco. Cuento historias de vida en Radio Santander.