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El año que votamos peligrosamente

La firma de opinión del catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha, Manuel Ortiz

Manuel Ortiz

El año que votamos peligrosamente

04:02

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Albacete

El año que comienza será recordado por la concurrencia de varios procesos electorales que, si bien representan la normalidad del sistema democrático, suponen una prueba de fuego para un país acosado desde hace algunos años por múltiples crisis, la última institucional. Es mucho lo que hay en juego y aunque tengamos la sensación de que siempre hay alguna elección a la vista o que vivimos en permanente campaña electoral, en la práctica el mapa político que saldrá de estos comicios puede confirmar los peores presagios o enderezar una marcha que libere la política de sus peores enemigos. Recuerden lo que ocurrió en 2019 y entenderán bien lo que quiero decir.

Conste que mi intención de abordar esta cuestión ha salido adelante después de dudar si merecía la pena hacer un alto en el camino para poner el dedo en una yaga ya putrefacta que aflige a nuestra sociedad: la violencia contra las mujeres ejercida por un machismo recalcitrante ante el que no somos capaces de encontrar solución que detenga esta lacra que por el momento parece no angustiar a todos.

Este año electoral tiene poco que ver con los de la Transición, hito fundacional y, por tanto, recurrente de nuestra democracia. Y conste que no lo digo desde una postura nostálgica ni con la intención de idolatrar un proceso que admite tantas críticas. Es una evidencia, al menos para los que estudiamos este periodo, que la política de aquellos años estaba preñada de ilusión y que la polarización social y el enfrentamiento político tienen poco que ver con la brutalización que contemplamos en este último lustro. Claro que, viendo episodios como los brasileños, precedidos dos años antes por los estadounidenses y tantos más por el camino, podemos pensar con mayor preocupación que se trata de un ciclo global y no sólo de algo específicamente hispano.

En 1979 se celebraron elecciones municipales el 3 de abril. Por fin, sería la oportunidad de democratizar los ayuntamientos, pero antes habíamos sido convocados a las urnas, el 1 de marzo, para renovar las cámaras que darían paso a la primera legislatura. Ya teníamos Constitución y afrontábamos otras campañas electorales que produjeron cierto cansancio por la coincidencia en tan poco tiempo de un juego al que no estábamos acostumbrados después de cuarenta años de dictadura. En aquellas generales, la entonces preponderante Unión de Centro Democrático (UCD) de Suárez ganó con el 34,8% de los votos que le valieron 168 diputados. Apenas aumentaba su botín en tres más y la dejaba mermada frente a una oposición liderada por el PSOE que tampoco mejoraba mucho, porque con el 30,4% de los votos alcanzó los 121 diputados, ganando también solo tres escaños. El PCE obtuvo 23, tres más que en las anteriores y Coalición Democrática, nombre con el que se presentó la Alianza Popular de Manuel Fraga, logró 10 escaños, una decena menos que en 1977. La extrema derecha, liderada por Blas Piñar, concentró en Unión Nacional los escasos votos que le permitirían alcanzar sólo un escaño.

Mucho más significativo fue el resultado de las municipales porque se produjo un notable vuelco político. Aunque la UCD volvió a triunfar, con un 30,6% en toda España, el PSOE le pisaba ya los talones con un 28,2%. El 13% de los comunistas posibilitó que, tras el pacto con los socialistas, las principales ciudades españolas fueran gobernadas por la izquierda: Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla o Málaga y también Albacete.

Pero aquellas campañas electorales, nos reflejan las entrevistas que hemos llevado a cabo en nuestras investigaciones, no se recuerdan con especial acritud, al menos no de una forma disparatada. Las campañas y las elecciones discurrieron con mucha serenidad. El ambiente político era menos agrio que ahora. Nada que ver con la crispación que se palpa, ya casi insoportable. Lo lógico es que esta dinámica se acentúe y el ruido vaya en aumento porque nadie quiere reflexionar sobre las consecuencias tan perniciosas que estas estrategias acabarán provocando.

 
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