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El cuento de la corona

La firma de opinión del catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha

Manuel Ortiz

El cuento de la corona

03:56

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Albacete

Por fin ha sido coronado el rey inglés. Ya han terminado los fastos y se pone fin a un reguero de información y de opinión sobre Carlos III. Ávido como soy a los medios de comunicación y al conocimiento de lo que acontece en el mundo, he podido constatar que estás últimas semanas no han sido una excepción, se han producido cantidad de eventos que merecen nuestra atención si queremos saber lo que marca la agenda política nacional y mundial. Sin embargo, en el amplio repertorio de noticias que se han acumulado ha sobresalido ésta que ha concentrado la atención del periodismo patrio. Claro que lo primero es más aburrido y dramático que el “cuento de la corona”.

En concreto, me voy a focalizar en el tratamiento que la televisión pública española ha prestado al acontecimiento porque entiendo que, como mínimo, ha sido desproporcionado y ha llegado a provocar una saturación que, tal vez, muchos de ustedes compartirán conmigo. Es inevitable en este punto plantearnos quién y porqué decide en la redacción de un medio como éste lo que debe tratarse y la profundidad que se le debe dar.

Estos últimos días, de plena campaña electoral en la práctica, hemos asistido a declaraciones y promesas de políticos que pretenden atraer nuestra atención y ganar nuestras voluntades. Hemos sabido que después de ímprobos esfuerzos, la patronal y las centrales sindicales alcanzaban un acuerdo para fijar una subida de los salarios que amortigüe los efectos de la inflación y la pérdida de nuestro poder adquisitivo. No ha aflojado, ni mucho menos, la tensión en Ucrania por la invasión rusa que se ha convertido en el gran argumento político de Putin para la fiesta nacional del 9 de mayo, el día de la victoria de la Gran Rusia contra los nazis. Pero es que antes, el 25 de abril, portugueses e italianos han celebrado también efemérides -revolución de los claveles y liberación- con motivo de gestas históricas que aglutinan a sus respectivas sociedades civiles en torno a lazos identitarios. La relación podría continuar sin gran esfuerzo, pero el caso es que nada de esto ha podido superar a lo que durante muchos días se ha convertido en el gran asunto informativo que, por supuesto, se repetía mañana y noche sin grandes variaciones.

Corresponsales y profesionales de la cadena pública, en sus diferentes formatos, nos han contado la historia de la monarquía inglesa, la amplia trayectoria que rodea un evento como la coronación, con todo su ritual, la lista de invitados, el protocolo, los apoyos sociales de la población británica y muchas más cosas hasta completar un repertorio que sinceramente no alcanzo a comparar con otro acontecimiento en mi ya amplia memoria. Nos han tratado de justificar, supongo que en nombre de la tradición, una ceremonia repleta de elementos de un pasado vinculado con una institución antigua y muy superada por las circunstancias porque su origen es nada más y nada menos que divino. Por cierto, en un país golpeado por la crisis y por una pésima gestión pública desde hace ya varias legislaturas, los británicos han aportado la friolera de cien millones de libras de las arcas públicas. Lo que apenas nos han dicho es que hay una parte cada vez mayor de ciudadanos que no comparten este tipo de actuaciones y han tenido que pasar unos días para que sepamos que los republicanos sufrieron una represión impropia de un estado de derecho.

En España también tenemos monarquía. Nuestra corona no está pasando por sus mejores momentos. La abdicación de Juan Carlos I, las noticias que se han ido conociendo casi por goteo de sus negocios y sus presuntos delitos, su “exilio” y la fría relación con Felipe VI no están frenando la hemorragia de monárquicos españoles, particularmente entre las generaciones más jóvenes que manifiestan un mayoritario desapego a la institución.

En ese contexto me pregunto si ésta extenuante atención al evento ha pretendido distraernos, ganar audiencias con series tipo 'The Crown', entretenernos con asuntos de “cotilleo” y prensa rosa o, tal vez, educarnos en un comportamiento políticamente correcto que genere adhesión alrededor de la monarquía y lo que ello representa.

 
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