Opinión

El vencejo

La firma de opinión de Jorge de las Heras

Firma de opinión de Jorge de las Heras

Si hay un ave que me fascina sobre las demás es el vencejo. Hace unos días vi los primeros sobrevolando Albacete, aunque después dejaron de verse mientras la borrasca Nelson descargaba con fuerza por todas partes. Cada año los recibo con alegría, después de largo viaje realizado desde Africa. Aunque parezca extraño, hace apenas unos 10 años que sabemos a ciencia cierta de dónde vienen. Goyeneche fue el primer vencejo que desveló su viaje invernal completo, gracias a un geolocalizador que le dispusieron los amigos de SEO/Birdlife. Así, Goyeneche nos dijo que abandonó en febrero sus zonas de invernada atravesando África, el golfo de Guinea y el desierto del Sahara hasta llegar a España a principios de mayo, tras más de 11.000 kilómetros recorridos y tres meses de viaje. Impresionante. 11.000 kilómetros, sin parada alguna, durmiendo en el aire como hará prácticamente toda su vida. Un auténtico velero del cielo. A finales del verano pasado, sería septiembre, me sorprendió un fuerte aleteo de noche en la casa del pueblo, en Torre Pedro. Salí de la casa con una linterna (no hay farolas que contaminan el cielo estrellado), y me encontré con un pequeño vencejo en el suelo. Lo cogí y parecía sano, aunque algo conmocionado por el golpe. Lo pasé a casa, se lo mostré a la familia y le di unas gotas de agua para hidratarlo (hay que hacerlo con sumo cuidado, pues puede ahogarse a través de sus orificios nasales). Al día siguiente salí al campo a por bichos para su desayuno. Saltamontes, mariposas... muy complicado cogerlos con la mano. Me fabriqué un rudimentario cazamariposas con un trozo de ferralla fina y un fragmento de tela de coger aceitunas. Atrapé 5 o 6 insectos y se los hice tragar porque no estaba por la labor de comerlos por sí sólo. Al día siguiente lo llevé al centro de recuperación de la fauna silvestre de Albacete, un lugar imprescindible y con profesionales muy cualificados. Allí revisaron cuidadosamente al vencejo y me informaron que estaba sano y fuerte. Lo anillaron y me dieron unos grillos congelados que evitarían mis penosas cacerías de bichos. Durante unos días estuve entrenándolo por las mañanas, primero sujetándolo por la cola para que aleteara, y luego con vuelos cortos, hasta que caía al suelo. Un día, dejó de comer y se empezó a mostrarse nervioso. Al iniciar su entrenamiento, lo noté distinto. Empezó a vibrar en mi mano, como un motor al ralentí. Lo elevé sobre mi cabeza y, al soltarlo empezó a planear. Pero esta vez no cayó, sino que remontó sobre los bancales y dando una curva se perdió sobre las copas de los pinos. Fue un momento mágico. Suerte en tu largo viaje, pequeño dueño del cielo. Quizá vuelva esta primavera, si lo veo, os lo dig

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