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"En el Barranco de la Cañada, al sur de la Sierra de Cazorla, hay un tejo cuya edad podría estar en torno a los 2.000 años... un extraordinario ejemplo de longevidad vegetal"

'Vive y deja vivir', la firma de opinión del catedrático de la UCLM, investigador y director del Jardín Botánico de Castilla-La Mancha

'Vive y deja vivir', la firma de Pablo Ferrandis

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Albacete

Hay un poema extraordinariamente lúcido de León Felipe -perdonen que vuelva a este poeta, pero es que siento debilidad absoluta por su lírica y pensamiento- publicado en 1920, en el que dice: Qué pena si esta vida tuviera / -esta vida nuestra- / mil años de existencia…. / ¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra / al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? / Los mismos hombres, las mismas guerras, / los mismos tiranos, las mismas cadenas, / los mismos farsantes, las mismas sectas / ¡y los mismos, los mismos poetas! Lo cierto es que uno, viendo el panorama actual, no puede por menos que pensar como el poeta. En los últimos tiempos estamos asistiendo de nuevo a lo peor de lo que es capaz el ser humano, obscenidades que creíamos desterradas de nuestra sociedad y nuestra cultura: la guerra, el asesinato y el genocidio; el atropello del derecho internacional por la ley del más fuerte; la mentira como medio de hacer política; la insolidaridad con el vulnerable; la falta de respeto al diferente; la amenaza y menoscabo, en fin, de derechos fundamentales que tanto ha costado alcanzar y que nos parecían, al menos en la sociedad occidental, incuestionables. En este contexto decadente, es fácil dejarse llevar por el pesimismo y, sí, considerar que una existencia longeva no es sino una suerte de maleficio condenado a contemplar la recurrencia de tanta pena.

Hay gente, sin embargo, que sí es capaz de sobrellevar este tipo de existencia. Digo gente porque, aunque de distinta naturaleza a la nuestra, en su esencia lo son: viven, respiran, se nutren, excretan y a su manera, celular y fisiológicamente, también sufren. Hablo de las plantas. El árbol más longevo del mundo, un alerce patagónico conocido como “El Gran Abuelo” está datado en más de 5.400 años de edad. Conoció el esplendor de los pueblos más antiguos y prósperos del Cono Sur, los tehuelche y mapuche, su resistencia frente a la conquista inca y la española y su sometimiento final por los estados modernos. Welwitschia mirabilis, conocida localmente como “tombwa”, es una planta endémica del desierto del Namib que posee dos únicas y enormes hojas acintadas con las que recoge el agua del rocío de la noche. Llega a vivir 1.000 años y algunos ejemplares alcanzan los 2.000. Ha convivido con los míticos bosquimanos, además de hereros y namas, y presenció la colonización europea de aquellas tierras.

En España, la datación científica más longeva corresponde a la Farga de l’Arión, un olivo de 1.700 años, en Ulldecona, que junto con otros olivos de edades parecidas siguen dando su preciada cosecha oleaginosa. Nacieron en la Hispania del Imperio Romano y vieron pasar el Reino Visigodo, el Califato de Córdoba, los condados catalanes, la Corona de Aragón, el Imperio Español y cuanto en ellos aconteció. Se estima que la edad del tejo del Barranco de la Cañada de las Fuentes, al sur de la Sierra de Cazorla, podría estar en torno a los 2.000 años. Formó parte de un bosque mediterráneo relicto del Cuaternario, más húmedo y frondoso que el de ahora, afectado por los cambios ambientales. Seguro que ha dado sombra a los rebaños montanos de romanos, andalusíes y cristianos. Pero el récord superlativo lo ostenta la posidonia, esa planta que cubre el lecho de los fondos someros de la costa mediterránea. En las aguas de Formentera hay una pradera de posidonia formada por la propagación vegetativa de un único clon que se estima tiene unos 100.000 años de antigüedad. Ha atravesado en el tiempo la glaciación würniense del Pleistoceno casi en su totalidad, coincidió con los neandertales europeos y su encuentro con los humanos modernos y ha sido testigo de todos los vaivenes de las civilizaciones mediterráneas.

Diría que el denominador común de la existencia de estas plantas es el principio de “vive y deja vivir”, la actitud vital más razonable que se pueda adoptar en nuestro paso por la Tierra. Más allá del espacio que ocupan con su lento crecimiento, no hay en ellas patrones invasivos ni acaparadores. Es más, se comportan como organismos benefactores, pues dan cobijo a una enorme biodiversidad en sus raíces y partes aéreas. Estas plantas, junto con otros muchos ejemplos de extraordinaria longevidad vegetal, son para mí fuente de inspiración. En cuanto al ser humano, honestamente, no sé si tenemos remedio. Eso sí, siempre nos quedarán los poetas.

Atentamente les saluda, Pablo de Passo.

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Hoy por Hoy Matinal Albacete 08:20 horas (09/01/2026)

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Pablo Ferrandis

Pablo Ferrandis

Pablo Ferrandis Gotor (Albacete, 1966) es Catedrático en la Universidad de Castilla-La Mancha. Licenciado...

 

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