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Ocio y cultura

Leña, carbón y pez: la memoria del fuego que modeló la vida rural en Cuenca

Reportaje sobre los usos tradicionales: fuego, carboneras y miera como legado cultural y etnográfico del monte

De la chimenea a la carbonera: historia viva de la leña en Cuenca

Cuenca

El fuego ha sido mucho más que una fuente de calor. En torno a la lumbre se cocinó, se iluminó y se transmitió la memoria colectiva durante generaciones enteras.

Ese hilo invisible que une madera, combustión y supervivencia es el eje de un recorrido por los usos tradicionales de la leña en la provincia de Cuenca.

Desde las chimeneas domésticas hasta las carboneras, pegueras y hornos de miera, Tirso Moreno nos ha desgranado en el espacio La memoria de la tierra en Hoy por Hoy Cuenca, un patrimonio etnográfico ligado al monte y a oficios hoy casi desaparecidos, pero todavía visibles en el paisaje y en la toponimia.

El fuego como origen

“La leña que arde y combustiona es símbolo de la propia humanidad”, explica Tirso Moreno al inicio de su intervención radiofónica. Más allá de su función práctica, el fuego fue durante siglos el centro del hogar y de la vida social. “Era ese espacio donde se juntaba la familia, donde se contaban historias, hasta que llegó la televisión”, recuerda.

La leña cumplía tres funciones esenciales: calentar, iluminar y cocinar. Sin fuego, subraya Moreno, “no hay supervivencia”. En los meses de invierno, la lumbre se convertía en un elemento imprescindible tanto para la vida cotidiana como para la cohesión familiar.

Leña de roble.

Tipos de leña

No toda la madera se comporta igual al arder. “Dependiendo de la especie de árbol o arbusto tendremos distinta leña”, señala Moreno. En el entorno más inmediato de Cuenca, el pino es una de las más comunes: prende con facilidad y produce mucha llama, pero también “más humo y poca brasa”, debido a su menor densidad.

Frente a ella, la encina y el roble ofrecen características opuestas. “Hacen menos llama y menos humo, pero tienen muy buenas ascuas y combustionan lentamente”, lo que las convierte en maderas muy apreciadas para determinados usos. A estas se suman los enebros, con aplicaciones específicas que van más allá de la lumbre doméstica.

Ruta por la dehesa del Masegar en Huélamo (Cuenca). / Fernando Carreras (EcoExperience) / Wikipedia

Las dehesas

Buena parte de estas especies se han conservado gracias a las dehesas. “La palabra dehesa viene de defensa”, explica Moreno, en referencia a espacios acotados y protegidos para distintos aprovechamientos. Aunque distintas de las grandes dehesas extremeñas o andaluzas, las conquenses compartían una lógica similar.

Había dehesas destinadas a pastos, conocidas como boyales, y otras vinculadas a la producción cárnica. En todas ellas se mantenía el arbolado de robles y encinas, que “crean un suelo fértil” y garantizan recursos sostenidos en el tiempo.

Toros bravos en la ganadería de Pedro Miota, en la Dehesa Boyal de Mariana (Cuenca). / Foto cedida

El carbón vegetal

Tras la lumbre doméstica, uno de los grandes destinos de la leña fue la obtención de carbón vegetal. “Era un oficio muy extendido y una parte fundamental de nuestra sociedad”, afirma Moreno. El carbón se utilizaba tanto en el ámbito doméstico como en usos industriales.

La madera de encina era la más empleada por su densidad y combustión lenta. El proceso requería una técnica precisa: la construcción de carboneras, estructuras temporales que evitaban la entrada de oxígeno. “Había que saber buscar ese equilibrio”, explica, ya que sin oxígeno no hay combustión, pero en exceso la madera se consume.

Los troncos gruesos se colocaban en el centro, los más finos en el exterior, y todo se cubría con paja, hojarasca y una capa de arena o arcilla. Pequeños respiraderos permitían al carbonero controlar el proceso. “Era gente muy sabia”, resume Moreno.

Restos de una antigua carbonera.

Restos en el paisaje

Aunque el oficio desapareció, sus huellas siguen presentes. También la toponimia conserva la memoria, como el municipio de Carboneras de Guadazón o la Fuente de las Carboneras, restaurada recientemente.

Estos vestigios recuerdan una actividad que formó parte del día a día de los pueblos forestales durante siglos y que hoy constituye un patrimonio cultural de gran valor.

La pez: resina negra del pino

Otro derivado fundamental de la combustión de la madera fue la pez, una resina obtenida del pino. “Es la brea del pino”, aclara Moreno, especialmente de especies resiníferas como el pino negral. Para su elaboración se aprovechaban desechos como teas, brozas, virutas y cortezas.

El proceso se realizaba en hornos especializados con tres partes: una caldera, un depósito y un recipiente llamado cajal. Mediante una combustión lenta y controlada, la resina líquida se iba decantando gracias a la pendiente y la gravedad. La pez tenía múltiples usos: impermeabilizar las botas de vino, marcar el ganado o sellar recipientes. “Era un recurso esencial”, subraya Moreno.

Peguera restaurada en Uña.

Pegueras restauradas

En la serranía conquense aún se conservan ejemplos de estos hornos. Moreno destaca la labor de la asociación cultural Esparvel, que junto a Moisés Heras ha restaurado varias pegueras: dos en Uña y una en Buenache. “Las han dejado impecables”, afirma, dentro de un trabajo más amplio de recuperación de fuentes y estructuras tradicionales.

Hojas de enebro de la miera.

La miera

El último gran producto derivado de la combustión de la leña es la miera, un aceite obtenido de los tocones y cepas de enebro. “Era fundamental en la veterinaria popular”, explica Moreno, ya que se usaba para curar la roña, la sarna y las heridas del ganado.

Su nombre procede del latín pix mera, “pez pura”, y su obtención requería un sistema distinto: la combustión y la madera no estaban en contacto directo. El calor, generado en una caldera separada, hacía que el aceite se desprendiera lentamente.

Horno de miera en Olmeda del Rey.

Hornos activos

Aún hoy existen restos bien conservados de estos hornos de miera. En Alcantud se documenta uno en buen estado, en Olmeda del Rey se conservan dos junto al cauce del río Gritos, y en Ossa de Montiel, en Albacete, “siguen activos”, vinculados a los piconeros y a la fábrica del Alto Guadiana.

Leña, carbón, pez y miera resumen siglos de aprovechamiento inteligente del monte. Recursos naturales que sostuvieron hogares, oficios y economías locales, y que hoy forman parte de una memoria rural que todavía puede leerse en el territorio. “Hemos intentado hacer un programa cálido”, concluye Moreno, al abrigo simbólico de una chimenea que sigue encendida en la historia.

Paco Auñón

Director y presentador del programa Hoy por Hoy...