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"La inteligencia emocional de los perros es algo fuera de lo común, casi sobrenatural y parece ir en contra de las leyes naturales"

'Benditos animales', la firma de opinión del catedrático de la UCLM, investigador y director del Jardín Botánico de Castilla-La Mancha

'Benditos animales', la firma de opinión de Pablo Ferrandis

'Benditos animales', la firma de opinión de Pablo Ferrandis

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Albacete

El sábado 17 de enero celebramos en el Asilo de Albacete la festividad de San Antón, patrón de los animales domésticos, cuyo acto central es la tradicional ceremonia de bendición de nuestras mascotas. Como todos los años, cientos de albaceteños se congregaron en procesión, portando sus perros, gatos y otros animales entre puestos de panes bendecidos, dátiles y barquillos, churros, o pastas caseras, con el fin de que el obispo de la diócesis de Albacete en persona invocara para sus queridos compañeros la gracia y el favor de Dios todopoderoso. La estampa, creo yo, da idea de la importancia de la tradición y del acontecimiento en nuestra ciudad. Y es que no es para menos.

A nadie se le escapa que los animales domésticos han sido y son fundamentales para nuestra existencia y prosperidad. El perro se originó por la domesticación de lobos con especial inteligencia social, hace unos 36.000 años en Eurasia; su papel ha sido decisivo para la caza, los desplazamientos y la protección del ganado y los asentamientos humanos. Nuestra relación con los gatos es más reciente: comenzó en el Neolítico temprano y culminó en el Antiguo Egipto, hace unos 4.000 años, con la domesticación del gato montés africano. La selección del gato doméstico por los humanos fue menos intensa que la del perro, por traer ya de serie la principal característica que buscábamos: la de un cazador infalible con el que mantener a raya a los roedores que nos sisaban el género en el almacén de la cosecha. De hecho, la transformación morfológica del gato con respecto a sus parientes salvajes es mucho menor que la del perro. Hay, además, caballos, que domesticamos como animales de trabajo en las estepas asiáticas, 4.200 años atrás. Y el cerdo, descendiente del jabalí, la oveja del muflón, la cabra de parientes salvajes, la vaca del uro, o la gallina del gallo rojo asiático, cuya domesticación, iniciada hace algo más de 10.000 años en distintos lugares del planeta, nos ha proporcionado diversidad de alimento y vestimenta a lo largo de la historia.

Pero más allá de la utilidad material, hay otra función extraordinaria de los animales domésticos, con creciente demanda en estos tiempos de cemento y hormigón que vivimos. Me refiero a la faceta emocional de las mascotas. En España hay más de nueve millones de perros que viven en hogares. Los gatos suman 1,6 millones. La inteligencia emocional de los perros es algo fuera de lo común, diríase que casi sobrenatural, en tanto que parece ir en contra de las leyes naturales, de lo que entendemos por un animal: un ser regido únicamente por los instintos con los que la evolución lo ha programado. Al contrario, existe en ellos una capacidad tan aguda de entendimiento con nosotros, de empatía y cariño infinito, que diríase los hace semihumanos. A mí, personalmente, me encanta hablar con ellos, aunque sea porque comprenden el tono de mi voz, y, sobre todo, mirar con afecto a sus ojos: los perros son muy conscientes de tu mirada, y en la que ellos te devuelven, vislumbro una amalgama de emociones dignas de análisis y reflexión. Este intercambio de miradas sostenidas lo practico por lo menudo con muchos de los perros que me cruzo por la calle, para luego recrearme en el escrutinio de esas emociones casi humanas. Respecto a los gatos, admiro su belleza felina, dotada de musculatura y agilidad perfectas, si bien guardo menos afición, quizá porque los encuentro más instintivos que los perros y porque he tenido alguna mala experiencia gatuna. Aun así, he de reconocer que muchos de mis amigos los adoran y me cuentan lo cariñosos y listos que son. Eso sí, a ellos y a todos ustedes les pido, por favor, que no dejen escarpar el gato al campo, pues su instinto superdepredador puede causar estragos en la fauna silvestre.

El cristianismo ha sabido asimilar con eficacia las fiestas y costumbres paganas a su calendario sacro. Y los valores éticos también. Es lógico, pues fue la forma de expansión y arraigo en la sociedad. Bendecir a nuestros animales es un acto de reconocimiento cargado de ternura que me emociona, aunque, a mi entender, no deja de ser un tanto redundante. Pasa igual con el agua. ¿Acaso no es toda el agua bendita? ¿No es el elemento que nos da la vida? Los animales también. Perros, gatos y demás bestias que nos acompañan son, por todo lo que nos regalan, benditos desde que nacen.

Atentamente les saluda, Pablo de Passo.

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Pablo Ferrandis

Pablo Ferrandis

Pablo Ferrandis Gotor (Albacete, 1966) es Catedrático en la Universidad de Castilla-La Mancha. Licenciado...

 

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