Opinión

La cultura del 'tupper'

Es un síntoma. Y como todos los síntomas, nos está diciendo algo. Otra cosa es que queramos escucharlo

La mirada de Toledo: La cultura del tupper (04/02/2026)

Toledo

Dicen que España es un país de bares, pero yo creo que somos, sobre todo, un país de tupper. Ese ritual nocturno que hacemos todos los que pasamos más tiempo en el trabajo que en casa y sobre todo quienes viven en Toledo y trabajan en Madrid: llegas a casa después de dos horas de ida, dos de vuelta, y ahí está el tupper vacío, esperando a que lo llenes con la comida del día siguiente. Un recordatorio de que mañana vuelve a sonar el despertador.

La cultura del tupper es la versión doméstica de la productividad infinita. No es solo cocinar. Es ese momento en el que te preguntas para qué estudiaste, para qué te esforzaste, si al final tu vida adulta consiste en encadenar jornadas eternas, corriendo a todas partes: trenes, autobuses, metros, atascos… siempre con la fiambrera de pasta bajo el brazo.

Y luego está la otra parte, la que casi nadie dice en voz alta: que comemos de tupper porque no podemos permitirnos comer fuera. Porque, aunque trabajemos, aunque madruguemos, aunque cumplamos, los precios del menú del día se han convertido en un lujo. Entre alquileres imposibles, hipotecas que asfixian, facturas que suben solas y la cesta de la compra convertida en deporte de riesgo, al final el tupper no es una elección saludable. Es una obligación económica.

Así que ahí estamos: profesionales cualificados, con estudios, con experiencia, comiendo en un banco de la oficina como si estuviéramos en un recreo eterno. Y lo hacemos con disciplina casi militar, porque si no llevas tupper, comes mal. Y si comes mal, rindes peor. Y si rindes peor, te sientes culpable. Como si la vida fuera un Excel y no un lugar donde estar un poco en paz.

Mientras tanto, nadie habla de lo que supone vivir en ciudades dormitorio, ni de lo que implica cruzar media región cada día para poder pagar un techo. La conciliación se convierte en un concepto abstracto cuando tu jornada real empieza a las seis de la mañana y termina cuando cierras el tupper del día siguiente.

Quizá la pregunta no sea “qué meto hoy en el tupper”, sino “qué meto en mi vida que no sea trabajar”. Porque si la única pausa del día es decidir si mañana toca arroz o garbanzos… igual el problema no es el menú.

Al final, la cultura del tupper no es una anécdota: es un síntoma. Y como todos los síntomas, nos está diciendo algo. Otra cosa es que queramos escucharlo.