El desgaste democrático
La democracia es, por definición, compleja, exige negociación, tiempos largos y acuerdos imperfectos
La mirada de Toledo: Desgaste democrático (02/03/2026)
Toledo
El desgaste democrático no siempre llega con estruendo. A veces adopta la forma de pequeñas renuncias como aceptar la mentira como estrategia legítima, normalizar el insulto como herramienta política, asumir que la desigualdad es inevitable o que ciertos colectivos pueden quedar fuera del consenso de derechos. No es el colapso lo que debería preocuparnos, sino la habituación. La costumbre tiene un enorme poder político, aquello que al principio escandaliza, con el tiempo deja de sorprender.
Las democracias no suelen morir de repente, se erosionan cuando las reglas dejan de ser compartidas y pasan a ser instrumentalizadas. Cuando las instituciones se convierten en trincheras y no en espacios de mediación. Cuando el adversario político deja de ser adversario y se transforma en enemigo. En ese momento, el debate deja de centrarse en argumentos y se desplaza hacia identidades enfrentadas. Ya no se discuten propuestas, se cuestiona la legitimidad misma del otro para participar en la conversación pública.
El verdadero indicador del desgaste no es solo la caída en los índices de confianza, sino la pérdida de la cultura democrática, esa disposición a convivir con la diferencia, a aceptar límites al propio poder y a reconocer la legitimidad del otro. Sin esa cultura, las estructuras formales pueden mantenerse intactas, pero el espíritu democrático se vacía. A ello se suma un contexto marcado por la polarización emocional y por dinámicas comunicativas que premian la simplificación. La lógica del nosotros contra ellos resulta más movilizadora que la propia complejidad. Sin embargo, la democracia es, por definición, compleja, exige negociación, tiempos largos y acuerdos imperfectos.
Tal vez el reto no sea salvar la democracia en abstracto, sino reconstruir las condiciones sociales que la hacen posible, educación crítica, información rigurosa, instituciones que funcionen y ciudadanía que exija responsabilidad. Porque la democracia no desaparece cuando se la ataca, sino cuando deja de importar. Y eso ocurre cuando dejamos de defender sus principios en lo cotidiano, cuando renunciamos a la exigencia ética y cuando nos conformamos con versiones cada vez más empobrecidas de lo que debería ser una convivencia democrática plena.
Natalia Simón
Directora del departamento de Filosofía, Antropología,...Directora del departamento de Filosofía, Antropología, Sociología y Estética de la UCLM