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Un viaje de película: la golondrina común

Nómada del Viento, cada martes en Hoy por Hoy Toledo con Juan José Sanz

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Toledo

Cada primavera, uno de los espectáculos naturales más esperados en la península Ibérica es el regreso de las golondrinas comunes (Hirundo rustica). Su llegada anuncia el buen tiempo, el renacer de los campos y el inicio de un ciclo biológico que se repite desde hace miles de años. Pero detrás de esta imagen tan familiar se esconde una de las migraciones más impresionantes del mundo animal: un viaje de miles de kilómetros que conecta África y Europa a través de rutas ancestrales.

Las golondrinas que crían en España pasan el invierno en el África subsahariana, principalmente en regiones que van desde el Sahel (principalmente Mauritania, Mali y Níger) hasta Sudáfrica. La distancia que recorren depende de su punto exacto de origen, pero en muchos casos supera los 8.000 kilómetros. Algunas poblaciones que se reproducen en el norte de Europa llegan incluso a duplicar esa cifra, aunque las que vuelven a la península Ibérica realizan un trayecto algo más moderado, aunque igualmente extraordinario.

Este viaje no se hace de una sola vez. Las golondrinas avanzan por etapas, deteniéndose en zonas donde pueden alimentarse de insectos en abundancia. Su migración es diurna, lo que les permite aprovechar las corrientes térmicas y orientarse visualmente, aunque también utilizan el campo magnético terrestre y la posición del sol.

La mayoría de las golondrinas que llegan a España siguen rutas que atraviesan el norte de África y el estrecho de Gibraltar. Este punto es clave: apenas 14 kilómetros separan Europa de África, y para un ave de pequeño tamaño que pesa entre 16 y 23 gramos, cruzar el mar por el lugar más estrecho reduce riesgos y gasto energético. Las golondrinas de las poblaciones que crían en Europa central, los Balcanes, Europa del Este y Escandinavia suelen utilizar una ruta alternativa que atraviesa Egipto, Turquía y Los Balcanes.

Antes de llegar a Gibraltar, muchas golondrinas han atravesado regiones áridas como el Sahara, uno de los tramos más exigentes del viaje. Para superar este desierto, deben volar largas distancias sin apenas alimento disponible. Por eso, antes de emprender esta parte del trayecto, suelen detenerse en zonas húmedas del Sahel, donde acumulan reservas de grasa que les permiten afrontar la travesía.

Una vez cruzado el estrecho, las golondrinas se dispersan por toda la península Ibérica. Algunas siguen la costa atlántica hacia Portugal y Galicia, mientras que otras se internan por Andalucía y continúan hacia el interior, llegando a Castilla-La Mancha, Madrid, Extremadura o Aragón. También hay rutas orientales que bordean el Mediterráneo y permiten a las aves alcanzar Cataluña y el valle del Ebro.

La llegada de las golondrinas es un acontecimiento muy esperado, y aunque puede variar ligeramente según el clima de cada año, suele producirse entre finales de febrero y mediados de marzo. Las primeras en aparecer suelen ser las que se establecen en el sur peninsular, donde las temperaturas son más suaves. A medida que avanza la primavera, continúan su expansión hacia el norte, alcanzando zonas más frías en abril.

Este calendario no es casual. Las golondrinas sincronizan su regreso con la disponibilidad de insectos, su principal alimento. A medida que suben las temperaturas, aumenta la presencia de mosquitos, moscas y otros invertebrados voladores, lo que permite a estas aves alimentarse adecuadamente y preparar la reproducción.

Una de las características más fascinantes de las golondrinas es su fidelidad al lugar de cría. Muchas regresan exactamente al mismo nido que utilizaron el año anterior, o a uno muy de los aleros, establos o casas rurales donde construyen sus nidos de barro.

Tras su llegada, comienza la temporada reproductora. Las parejas reparan sus nidos o construyen nuevos, ponen entre 3 y 5 huevos y crían a sus polluelos durante la primavera y el verano. Cuando llega el otoño, las jóvenes golondrinas emprenden por primera vez el viaje hacia África, guiadas por un instinto migratorio que heredan de sus progenitores.

El viaje migratorio de las golondrinas es un recordatorio de la increíble capacidad de adaptación de la naturaleza. Sin embargo, también es un proceso frágil. La pérdida de hábitats, el uso de pesticidas que reducen la disponibilidad de insectos y el reciente cambio climático que altera los ciclos estacionales suponen amenazas reales para estas aves.

Protegerlas implica conservar los espacios donde se alimentan, respetar sus nidos y promover prácticas agrícolas sostenibles. Cada primavera, cuando vemos a las golondrinas surcar el cielo, estamos contemplando el resultado de un viaje épico que merece ser valorado y cuidado.

 

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