El calor que da la vida a las aves
Juan José Sanz Cid, Investigador Científico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC)

Nómada del viento: El calor que da vida a las aves (14/04/2026)
El código iframe se ha copiado en el portapapeles
Toledo
La semana pasada hablamos sobre el huevo de las aves y en esta semana la mayoría de las especies silvestres ya han realizado la puesta e inician el periodo de incubación. La incubación en las aves es un proceso fundamental que asegura el desarrollo del embrión dentro del huevo. Comienza cuando uno de los progenitores, habitualmente la hembra, inicia el aporte constante de calor mediante el contacto directo con la puesta. Este comportamiento no se activa de manera aleatoria: suele desencadenarse cuando el número de huevos en el nido alcanza el tamaño típico de la especie.
Iniciar la incubación demasiado pronto provocaría que los primeros pollos nacieran mucho antes que los últimos, generando una desventaja competitiva para estos. Por ello, la sincronización es clave y está regulada por estímulos hormonales (incremento de prolactina y descenso de progesterona) asociados tanto a la puesta como al comportamiento reproductor.
En la mayoría de las especies de la península ibérica, como el mirlo común (Turdus merula) o el carbonero garrapinos (Periparus ater), es la hembra quien asume casi por completo la incubación, mientras el macho se encarga de aportar alimento y vigilar el territorio. En otras como es el caso del chorlitejo patinegro (Charadrius alexandrinus) ambos progenitores alternan turnos, lo que permite mantener la temperatura adecuada sin agotar a ninguno. En el somormujo lavanco (Podiceps cristatus), los relevos son frecuentes y muy coordinados. En aves rapaces como el águila real (Aquila chrysaetos), la hembra incuba la mayor parte del tiempo, aunque el macho puede sustituirla brevemente para que se alimente. Esta variedad de comportamientos refleja la diversidad ecológica y las adaptaciones específicas de cada especie.
El calor es el elemento imprescindible para que el embrión se desarrolle. Dentro del huevo, la temperatura adecuada (36-38 °C) activa las reacciones bioquímicas que permiten la división celular, la formación de órganos y el crecimiento del futuro polluelo. Si la temperatura desciende por debajo del umbral óptimo, el desarrollo se ralentiza o se detiene; si se eleva por encima de los 40 °C, puede resultar letal. Las aves que realizan la incubación desarrollan una placa incubadora, una zona muy vascularizada del abdomen desprovista de plumas que facilita la transmisión directa del calor. Aunque la humedad y la ventilación también influyen en el éxito de la incubación, es el calor constante el que determina que el embrión pueda completar su desarrollo.
En los últimos años se ha observado que tanto el cambio climático como la expansión del medio urbano están alterando los patrones de incubación. En especies como el carbonero común (Parus major) y el herrerillo común (Cyanistes caeruleus), se ha documentado un adelanto en el inicio de la incubación asociado a primaveras más cálidas. En ambientes urbanos, el mirlo común (Turdus merula) y la paloma bravía (Columba livia) muestran periodos de incubación ligeramente modificados debido a temperaturas más estables y a la iluminación artificial nocturna. Estos cambios pueden desajustar la sincronía entre la eclosión y la disponibilidad de alimento, afectando al éxito reproductor.
Las aves presentan curiosidades sorprendentes relacionadas con la incubación. En el chorlito carambolo (Charadrius morinellus) es el macho quien incuba, invirtiendo los roles habituales. Algunas especies, como los flamencos (Phoenicopterus roseus), “miden” la temperatura del huevo con el pico para ajustarlo. Los embriones de la gaviota patiamarilla (Larus michahellis) emiten sonidos desde dentro del huevo lo que permite sincronizar la eclosión entre hermanos y coordinar el momento de salir del cascarón. Las cigüeñas blancas (Ciconia ciconia) refrescan los huevos mojando su propio plumaje en días calurosos. Incluso existen aves, como los megapódidos de Australia o Nueva Guinea que incuban enterrando los huevos en montículos de tierra, arena y vegetación en descomposición que actúan como “incubadoras naturales”.
La duración de la incubación varía notablemente entre especies. En aves pequeñas como el serín canario (Serinus canaria), el periodo es muy breve, de unos 13 a 15 días. En especies comunes de la península ibérica, como la codorniz común (Coturnix coturnix), la incubación dura alrededor de 17 días, mientras que en la perdiz roja (Alectoris rufa) y en la gallina doméstica (Gallus gallus domesticus) se sitúa entre 21 y 24 días. Las aves acuáticas suelen presentar periodos más prolongados: los ánades como el ánade real (Anas platyrhynchos) requieren entre 26 y 28 días, los gansos como el ganso común (Anser anser) alcanzan los 30 días, y los cisnes, como el cisne vulgar (Cygnus olor), pueden superar los 37 días lo que es uno de los valores máximos registrados en el continente europeo.
Estas diferencias se explican por el tamaño del huevo, la estrategia vital y el riesgo de depredación. Las aves pequeñas necesitan un desarrollo rápido para reducir el tiempo en que el nido es vulnerable, mientras que las aves grandes pueden permitirse periodos más largos gracias a nidos más seguros o a su capacidad de defensa. En todos los casos, la incubación representa un equilibrio delicado entre la protección del huevo, la regulación térmica y la inversión parental.
Paisaje sonoro
Hoy vamos a sentarnos en un banco de un parque y vamos a distinguir el canto de de cuatro especies de fringílidos (familia de aves) que suelen hacer el nido abierto en ramas de los árboles: el jilguero común (Carduelis carduelis), el verderón común (Chloris chloris), el serín verdecillo (Serinus serinus) y el pardillo común (Linaria cannabina).




