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La increíble historia de los leones de Puertollano

Cuatro fieras, un circo decimonónico y una leyenda local que explica por qué los leones son hoy símbolo de la ciudad

Curioseando | La increíble historia de los leones de Puertollano

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Ciudad Real

¿Conoces la Fuente Agria de Puertollano? No hace mucho publiqué un vídeo en redes sociales, pero no conté esta historia que me parece tan curiosa.

¿Alguna vez te has parado a mirar que hay unos leones abajo en los caños que custodian esa Fuente Agria de Puertollano? Están ahí, en la base de los cuatro caños, observando en silencio desde la reforma de 1905. Y no son los únicos. Si caminamos un poco más, encontramos la Fuente de los Leones, con otros cuatro ejemplares majestuosos. Incluso en el Salón de Actos del Museo Municipal. Y es que los leones son símbolo también de Puertollano junto a otros elementos como el Castillete o el Monumento al Minero.

Es extraño, ¿verdad? Puertollano es tierra de minas, de carbón y de agua agria, pero no de safaris. ¿Por qué cuatro leones en cada sitio? ¿Por qué no halcones peregrinos o elegantes garzas? ¿Por qué esa obsesión felina en Puertollano, que, por cierto, los libros de historia han decidido, sospechosamente, ignorar?

Hoy vamos a romper ese silencio y a rescatar un suceso tan real como increíble que quedó enterrado en el olvido. Bajo mi punto de vista, es una fantasía de historia que parece de película. Si yo tuviera medios y conocimientos cinematográficos haría un cortometraje. Es una historia que recoge Eduardo Egido Sánchez para La Voz de Puertollano y que me gustó tanto cuando la leí que os la quiero contar, a mi manera, pero que la sepáis.

Vamos a iniciar ese cortometraje, pero escuchado en este caso, así, a modo de cuento.

Viajemos a la primavera de 1879. El Conde de Valmaseda -ese militar de imponente uniforme que, por cierto, hoy da nombre a la calle que cruza las vías- disfrutaba de los beneficios del carbón recién descubierto. Al enterarse de que un circo grandioso triunfaba en Ciudad Real, tuvo una idea entre altruista y visionaria: llevar el espectáculo a Puertollano.

Contactó con el dueño, un tal Anselmo Ringling (sí, de la famosa estirpe de los Ringling americanos), un hombre que amaba tanto el espectáculo como la lectura del Quijote. El trato se cerró rápido y el circo, bautizado como Ínsula Barataria, llegó en tren por la línea MZA. La expectación fue tal que el rugido de la gente ya se oía desde el cerro de Santa Ana antes de que llegaran las fieras.

Ringling le confesó al Conde su número estrella: cuatro leones de una ferocidad que erizaba la piel. Decía, con humor cervantino, que no eran como los leones que ignoraron a Don Quijote por ser “poca cosa”; estos, aseguraba, se comían a un cristiano y se quedaban con hambre.

El circo se instaló en el Ejido de San Gregorio, muy cerca de la famosa Casa de Baños. La primera función fue un éxito absoluto. Las autoridades y el pueblo abarrotaban las gradas. El silencio se hizo sepulcral cuando los cuatro felinos saltaron a la pista bajo el látigo de Leonardo Selvático, un domador vallecano que sudaba tinta ante la mirada de las bestias.

Todo iba bien hasta que, al terminar el número, el destino quiso jugar una carta macabra. Una de las juntas de la jaula cedió ante un zarpazo y, en un parpadeo, los cuatro leones escaparon por la zona de acceso.

La estampida humana fue legendaria. Por suerte, solo hubo una docena de magullados, pero el terror real acababa de empezar: los leones se habían evaporado en la noche de Puertollano.

Imagínense el cuadro. El Ayuntamiento reunido de urgencia con el Conde y el señor Ringling. Las campanas repicando para avisar al vecindario. El párroco, don Claudio Cebrián, elevando plegarias al cielo. Durante días, Puertollano fue una ciudad fantasma. Nadie salía si no era por vida o muerte.

Se decía que se oían rugidos cerca del río Ojailén, que bajaba crecido aquel año. Se vigilaron las carnicerías y se llegó a usar ganado con sangre fresca como cebo en la plaza, pero nada. Los leones se habían vuelto invisibles.

El circo, derrotado y sin su gran atracción, tuvo que marcharse. El tiempo pasó, el miedo se diluyó y los vecinos volvieron a sus rutinas, aunque siempre mirando de reojo al doblar cada esquina.

Hasta que, a finales de ese mismo verano, llegó un telegrama al Conde de Valmaseda. Decía así:

“Encontrados leones sanos y salvos provincia Toledo. Circo a salvo. Fuerte abrazo”.

Aquel episodio, que pudo terminar en tragedia sangrienta, se grabó a fuego en la memoria de quienes lo vivieron, pero con el paso de las décadas el recuerdo se evaporó, igual que se desvanece el sabor metálico del agua agria si la dejas reposar.

Hoy, esos leones mudos en las fuentes y museos son el único eco que queda de aquel verano en que Puertollano contuvo el aliento por cuatro fieras que decidieron cambiar las minas por los campos de Toledo.

Mucho león para tan poca curiosidad… hasta hoy.

Y nos queda la duda, la pregunta: ¿esta historia que recogió Eduardo Egido Sánchez es real o es ficticia? Pues es una historia inventada. No es que queramos dar información falsa, sino que Eduardo construye una historia ficticia dotándola de lugares y personajes reales.

Una historia que, por favor, ya que es ficción, alguien tiene que hacer algo con ella: un cuento para peques, un cortometraje para presentarlo al Festival de Corto de Ciudad Real o algo… porque no me digas que no está chula.

 

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