Opinión

Recuerdos de la EBAU

La firma de María González López

Aranda de Duero

Hoy es viernes 10 de junio de 2022, hace exactamente un año y un día que mi antiguo instituto se disfrazaba de gala para cerrar una de las etapas escolares de su última promoción de alumnos. Yo era una de las asistentes que se abrigaba con la banda azulada que me otorgaba el puesto de haber terminado segundo de bachillerato.

No había sido un año sencillo, sumado a todo el temario del curso, la exigencia de enfrentarse a una prueba que determinaba tu futuro, como un peaje de épocas la temida EBAU esperaba escondida al revés del calendario lectivo con el último empujón a punto de hacernos caer al suelo, o las medidas Covid que nos enmascararon e hicieron enredarnos en las corrientes de aire, entre otros, se añadía abalanzándose sobre nosotros una extraña bola de sentimientos, conformando uno único, donde primaba la alegría con regusto final a nostalgia. Era la última escena de una saga de películas incatalogables, que enmarcaba los créditos finales con nuestros nombres.

Sabíamos, de mejor o peor manera, que no habría segundas partes, ante nosotros en los calendarios los exámenes se habían extinguido, y unas merecidas vacaciones nos dejaban coger aliento, a pesar de que nunca volveríamos a estar todos juntos compartiendo aula, profesor o vivencias de instituto.

Hoy, lo recuerdo con el primer curso de carrera terminado, el vestido que llevé guardado con manchas que dan fe de su estreno, y las dudas de haber perdido la pista a algunos de los que fueron mis compañeros en desapariciones esperadas. Sin embargo, aunque ahora sean reconocidos como buenos tiempos, en su momento, a principios de septiembre, cuando los nuevos comienzos efervescían sobre los últimos días de verano dando vueltas con los rayos del Sol sobre el cielo, eran insoportables.

No se podía invertir el reloj, y mucho menos regresar a aquella vida. La ciudad se convirtió en una fantasma, donde cada esquina era un escenario cosido a un recuerdo inerte, y el camino conducía irremediablemente hacía nuevas experiencias en urbes que no nos estuviesen cortas.

Nadie avisó de que por mucha juventud o valentía los principios eran lo más duro, la hoja más difícil de un libro que no se puede valorar desde las primeras líneas. Error que cometí, ya que la letra pequeña de la universidad era demasiado minúscula en comparación con las expectativas que llevábamos de casa.

A cambio, poco a poco los meses me enseñaron la verdadera la esencia de la vida universitaria, con nuevas amistades, fiestas hasta apagar la luna y las estrellas convertidas en farolas fundidas, o una capital de la que no se borraba el frío de sus calles hasta que llegaban planes que las descongelaban, entre otros. El tiempo empezó a correr, semana tras semana dejando al calendario famélico, hasta percatarme de que hoy sigue siendo 10 de junio de 2022. Hoy el Sandoval volverá a vestirse de gala, y otro ciclo girará repitiendo nuestra historia, empezando por la banda azul y los vestidos con tacones y trajes con corbata. No obstante, ya no seremos nosotros, dejando el legado a la generación siguiente, con la advertencia de que las experiencias no se deben valorar desde el principio, sino más tarde.

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