Opinión

Sólo he sembrado para casa

La Firma de Borja Barba

Sólo he sembrado para casa. La Firma de Borja Barba

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‘Compren tierras, que ya no se fabrican más’.

La cita, atribuida al escritor norteamericano Mark Twain, debió de sonar extraña a finales del siglo XIX. Sin embargo, parece haberse convertido, en estos últimos tiempos, en la máxima infalible que regirá los designios de nuestra industria agroalimentaria en un futuro demasiado cercano. Acaparar superficie agrícola, monopolizar el cultivo y remolonear a capricho con la ley de la oferta y la demanda. Todo un visionario, el padre de Tom Sawyer.

Una de las consecuencias directas de la despoblación rural y de la consiguiente falta de relevo generacional en oficios y ocupaciones tradicionalmente asociados al campo es que existe ya una importante lista de productos en riesgo extremo de desaparición. Un riesgo motivado por la sencilla razón de que, en unos años, ya no habrá nadie que se dedique a producirlos. Porque ya nadie querrá ser preso de esa sensación de culpabilidad intrínseca que suelen llevar aparejadas las cosas que se hacen sin prisa y dándoles la importancia que merecen.

Nadie quiere ya padecer las incomodidades e incertidumbres propias de determinados cultivos. Muchos productos agroalimentarios acabarán quedando en manos de grandes importadores. E incluso de fondos buitre agrícolas, que acabarán asfixiando a las minúsculas explotaciones familiares de los supervivientes que solo podrán dedicarse al autoconsumo bajo esa clásica fórmula de “nada… este año solo he sembrado cuatro surcos, para casa y para los amigos”.

Son consecuencias, no tan secundarias como pudiera parecer de entrada, de un modelo económico y demográfico, el que durante décadas se ha favorecido en España, que resulta insostenible a medio plazo y que, por si fuera poco, nos aboca a vivir peor. Sin términos medios: o aislados en el rural y abandonados en pequeñas capitales de provincia, o hacinados en barrios periféricos, cada vez más periféricos, de las grandes ciudades del país.

Nos quedaremos sin tomates con sabor a tomate. Tendremos que comprar patatas al precio que determine un señor de Missouri. Perderemos la legumbre tradicional, aquella que sabe y se guisa de forma diferente en función de su lugar de procedencia y de la tierra en la que se haya cultivado. No habrá alubia de Saldaña, ni pimiento de Torquemada, ni cebolla de Palenzuela. Simplemente habrá alubias, pimientos y cebollas. Sin matrícula. Sin personalidad. Iguales a las de cualquier otro lugar.

No es alarmismo. No es una predicción de futuro. Ya está pasando.

 
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