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Cómo no te voy a querer...

No sé cómo empezar, sí sé cómo finalizar. Con algo así como “qué afortunados somos de tener algo llamado Unionistas de Salamanca en esta tierra”.

Salamanca

Pero alejándome de contar una historia que no por 1.000 veces contada se hace necesaria para nuevos adeptos a la “religión” blanquinegra, me refugio esta tarde, previa al partido de todos los partidos frente al Barça, en mis recuerdos. Esos que han adornado una década profesional pero que calaron tan hondo que me tocaron lo emocional, lo personal.

Me acerqué a la PAU con la agonía de la extinta UDS para empatizar con unos corazones rotos que no encontraban sutura; encontré un movimiento de mentes ávidas de soluciones que estrellaban sus sesos contra el muro de quien gobernaba. Y seguían intentándolo. Y no paraban. Y lo “peor” es que la mayor recompensa de esfuerzo titánico iba a ser, sólo, seguir viendo a su “vieja” UDS los domingos en Salamanca o al siguiente a cientos de kilómetros. Barrunté que tras la defunción de la irrepetible Unión esos huérfanos quiméricos que abogaban por un homenaje que fuera más allá de un día, un lugar y una corona de flores, seguirían pensando…y sintiendo. Y nació Unionistas. Esa mezcla casi insuperable que rompe el tópico del propio fútbol donde o se pone corazón o se pone cabeza según la coyuntura. Unionistas de Salamanca no podría supervivir, 10 años después, sin el equilibrio de ambas.

Partido en una furgoneta muerto de frío en Villamayor, narrando como un descosido, como si me fuera la vida en ello; y resguardado del diluvio en el Reina ante el Monterrey. Y lleno de barro, más que algún jugador incluso, pegado a la línea lateral en el Burgo de Osma. Y así un rosario de experiencias, incluida la de tremendo susto en Rioseco antes de que llegaran las lágrimas de Xátiva, la tensión de Águilas, el sofoco de Socuéllamos y el penalti de Razvan. Y suma y sigue y, en el caso de Unionistas…multiplica. Porque en ese afán exhaustivo de control transparente de cada paso económico y social nunca se perdió el alma. Y ese término, que dicen es intangible, se observaba en cada viaje; en la carretera, en los bares de parada y fonda donde jugadores y aficionados se unían a disfrutar un triunfo como visitante o a lamer con saliva balsámica una derrota en el verde. Los rostros de la hinchada salpicaban orgullo por cada rincón.

El saludo familiar, cercano, a propios y sobre todo extraños construía los cimientos sobre los que hoy se sostiene el club de los 17 millones de impresiones en 17 días en twitter. La red social que tejió a ganchillo este “invento” nacido del dolor, llamado Unionistas, navega hoy con buques y petroleros donde el pasajero importa poco. Y a este club, a este afrenta a la ordinaria realidad que nos rodea, el pasaje le importa, porque los pasajeros pilotan la barquita.

No sabía cómo empezar y mentí, tampoco como acabar…porque ante la amenaza de que la nada lo cubra todo, Unionistas sigue escribiendo la historia interminable, su historia inacabada.

 
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