Ñublar

La columna de Rafa Gallego: Ñublar (12/12/2025)
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León
El martes el día estaba nublado y la tarde se desplomó en lluvia, una lluvia cansina y abundante que casi empapó el aire, además del suelo, las farolas, los vidrios de los escaparates, el todo de las calles. Y las luces de la navidad brillaban intensas en cada gota.
A esa hora de la que te hablo de esa tarde del martes —serían las siete y media o así— la tempestad se había calmado y la calle Ancha lucía su condición de canalón que vierte personas por la Via Principalis en el eje del campamento romano: un desagüe de humanidad a lo largo de los siglos. Yo me escapé entre el Palacio de los Guzmanes y la Casa Botines, avanzando hacia la torre de San Isidoro en busca de la librería Tula Varona, porque teníamos previsto allí esa tarde nublada un encuentro al calor de los anaqueles repletos de libros y el aroma de los cafés; un rato para charlar sobre una novela y escuchar música, uno de esos momentos en los que el mundo desaparece y solo queda lo que pasa, porque ni la calle, ni las cristaleras de las ventanas, ni la posible lluvia o el imprevisible viento están presentes ya: solo la música y las palabras, y los gestos, las miradas, la incuestionable realidad del bienestar. Quizá un modo de sentir la intensidad de lo bello que quedó escrito en unas fotos que hizo Sonia y que luego me envió Berta al teléfono, pero que no existieron hasta después, porque en ese rato no hubo nada que no fuera lo que sentimos.
Resulta que, fuera, el cielo estaba ñublado y no lo supimos. Me atrevo a usar el verbo ñublar acordándome de Lolo, a quien trajimos todo el rato en la conversación; lo trajimos a él y algunos de sus dibujos, porque había dibujado unos cuantos personajes de los que salen en la novela y porque había estado en el principio de todo el cocimiento de la historia, aunque ya nos faltase su genio en el desarrollo. Y no es porque ñublar sea llionés —que no tengo claro que lo sea, porque me parece que lo correcto es ñublare y la palabra “ñublar” está en el diccionario de la RAE, pero me suena a Lolo— y en esa tarde gris se me hizo un cielo más ñublado que nublado quizá porque, en la luz de la librería, hubo un suspiro de silencio para recordar la “lololidad” que nos supo a gloria.




