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Postales de Palencia: la del reloj de la plaza dando las doce

Borja Barba despide el año desde la plaza de un rincón del medio rural con sus deseos para el próximo año

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Palencia

Doce campanadas simbolizarán esta noche el cambio de año. Doce campanadas alegóricas interpretadas como fin y principio. Un segundo catártico sobre el que edificar catedrales de buenos propósitos y proyectos de futuro. En el recuerdo, aquella noche de fin de año de hace ya algún tiempo en la que una fuerte nevada dejó al pueblo en esa extraña orfandad catódica que uno sentía cuando se iba la señal de televisión. Aquel fin de año muchos vecinos lo celebramos en la plaza. Reunidos de manera espontánea ante el reloj del ayuntamiento y comiendo las canónicas doce uvas bajo los rotundos badajazos de las campanas. Desprovistos de tecnología para encontrarnos a nosotros mismos y fabricar un recuerdo eterno.

En esta provincia de silencios densos y soledades profundas, custodia de un legado inabarcable e irrigada por decenas de carreteras secundarias, nos hemos habituado a traspasar el umbral del cambio de año celebrando nuestra propia resistencia. Quizá sea ese el sino de esta tierra apedreada. Celebrar que, pese a todo, seguimos existiendo. Por eso, cualquier mínimo propósito de nuevo curso adquiere visos epopéyicos.

Son demasiados los frentes abiertos para un tiempo tan limitado. Pero pienso en una Calle Mayor, emblemática ella, en la que los pequeños comercios afloren y no se marchiten. En persianas que se levanten y en ‘sealquilas’ que se descuelguen. En trenes que continúen pasando. Y que, al mismo tiempo, dejen de resquebrajar la ciudad en dos. En dejar de mirar nuestro paisaje con vista de mercachifle e intención de prostituirlo a cambio de un beneficio efímero y en defenderlo con brazo firme, lengua ágil y pluma afilada. En un campo orgulloso y productivo, consciente de su poder como motor económico de esta tierra, pero humilde y comprensivo. En una juventud que se libere por fin de la adicción al scroll infinito y se siente a observar a su alrededor, a disfrutar de un baño en el río, de los saltos de un rebeco en la montaña o de cualquier capitel románico de los muchos de nuestro inmenso catálogo. Porque solo conociéndolo podrán amarlo. Pienso en maestros que no se queden sin alumnos. En que quienes tuvieron que marcharse contra su voluntad puedan por fin retornar de la mano de un futuro posible. En que en todos los pequeños pueblos resista alguna lucecita encendida en la inmensidad de la noche. Y, en definitiva, en que quienes nos representan en las instituciones tengan un momento de pausa, se miren a los ojos los unos a los otros y confirmen que, por encima de directrices y etiquetas ideológicas, se deben a su territorio.

Y, mientras espero a que las manecillas del reloj me lleven de viaje consigo, me van a permitir una reflexión más. Que el viaje iniciático del cambio de calendario nos lleve a aceptar la imperfección. A asumir que uno no puede siempre ser brillante y que esta carrera de fondo que es la vida a veces hay que transitarla por veredas angostas y oscuras. Que nos ayude a comprender que no podemos hacer camino sin admitir nuestra fragilidad como individuos para valorar así nuestra fortaleza como comunidad. Y que nos ayude a evitar que todos esos encomiables propósitos caigan en esa fosa gigantesca en la que yacen eternamente los planes de futuro que fueron abandonados antes de tiempo. Feliz año 2026. Y no dejen nunca de resistir.

 

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