Postales de Palencia: la del invierno de verdad
Sección a cargo de Borja Barba

Palencia
Hace algunos años, el psicólogo británico Cliff Arnall, tras analizar diversos factores sociales, económicos o climatológicos, determinó que el tercer lunes del mes de enero podía ser considerado como el día más triste del año. Quizá no calibró de manera adecuada la pesada losa que nuestros hombros tienen que soportar cada siete de enero, cuando las bolsas llenas de papel de regalo arrugado se arrumban en nuestras casas y los árboles de Navidad languidecen en su esquina, convertidos en víctima de la procrastinación más culpable.
Huérfanos ya de iluminación navideña, cuando la niebla se desvanece, son las estrellas las que iluminan el manto negro de la noche del Día de Reyes. Si uno las observa durante el tiempo necesario, el suficiente para que su vista se haga a la oscuridad, descubrirá un fino manto de encaje blanco desplegado sobre la inmensidad del cielo. Un delicado tapete de diamantes que nos recuerda lo intrascendente de nuestra propia presencia. Una noche despejada como ésta suele ser el preludio sigiloso de una helada severa, como si las estrellas se hubiesen convertido en pequeñas esquirlas de hielo y se hubiesen precipitado sobre nuestros campos. También suele ser la antesala de uno de esos días, propios de estas semanas, en los que el termómetro no termina de desperezarse por encima del cero y la escarcha parece haber apagado el interruptor de la vida silvestre.
El frío se ha adueñado de las calles, donde nadie se atreve a discutir su autoridad, mientras las farolas parpadean una luz anémica y difusa. El silencio y la quietud son tan intensos que se convierten en una manta invisible para sofocar los ecos de las recientes celebraciones. Como si nos invitasen a un reajuste emocional, necesario después de los excesos y las licencias, y se empeñasen en recordarnos que el invierno en esta Palencia querida no es una estación, sino un estado de ánimo.
Hundiendo la barbilla al abrigo de la bufanda, mientras el vaho cálido de mi respiración dibuja siluetas caprichosas sobre el aire gélido, recuerdo el dicho de nuestros ancestros. Esa sentencia concisa y categórica surgida al calor rabioso de la trébede y reforzada por la cátedra de los años vividos y la observación pausada de los ciclos de la naturaleza. Qué razón tenían: el invierno de verdad, después de Navidad.




