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Postales de Palencia: La del silencio de Lores

Borja Barba nos descubre un nuevo paisaje palentino

Postales de Palencia: La del silencio de Lores

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Palencia

Recogido en un cuenco entre peñas, Lores despierta temprano bajo el palio de un cielo plúmbeo y álgido. Mucho antes incluso de que los primeros rayos del sol hayan conseguido acariciar los tejados de su caserío. La helada es consistente y aún descansa sobre los huertos y los prados que estrechan a la población con su abrazo maternal. Un abrazo que no se agota y que no afloja en su calidez innegociable.

Lores no es solo un pueblo. Lores es un murmullo tallado en piedra de casas hidalgas y cincelado por el frío. Un reducto que sobrevive estoicamente al paso del tiempo a mil doscientos metros de altitud. Lores es la memoria de las voces arreando al ganado desde los puertos al caer la tarde, huyendo del acecho de la noche y del colmillo afilado del lobo. Es el recuerdo del bullicio moderado y humilde de pequeñas fiestas y celebraciones. Y la nostalgia desbordada por todos los que tuvieron que decir adiós y enfilar la carretera empaquetando sus vidas en el maletero de un coche. Confiando en la promesa incierta de una vida próspera y cómoda, mientras veían caer lágrimas de despedida por las laderas de Peña Carazo.

Dice el cineasta José Luis Garci que la nostalgia implica modernidad. Porque rememorar el pasado te lleva a trazar comparaciones entre lo que antaño fue y lo que en la actualidad es, tomando como referencia inexcusable la idea de progreso y desarrollo. De recorrido evolutivo. Hoy Lores es una pintura de belleza melancólica a la que se mira con ojos nostálgicos. Un recuerdo vivo en el que las aguas del arroyo continúan canturreando la misma canción que hace ochenta años, ajenas a lo que ocurre allí donde el barro se domestica para convertirse en asfalto.

Abandonar la carretera que sube a Piedrasluengas y tomar el desvío hacia Lores supone traspasar un umbral invisible hacia el pasado. Y la certeza de que, aunque el mundo se empeñe en girar deprisa, aquí arriba, en esta pequeña rinconada del norte de nuestra provincia, sigue existiendo un lugar que prefiere latir despacio. Mecido por el ritmo sistólico y diastólico de los cencerros. Desafiando con honestidad al siglo XXI. Regalándole tiempo al tiempo. Y sabiéndose eterno, después de que el tímido sol de invierno rebañe las crestas de las alturas y se recueste sobre la Horca, mientras el resto del planeta se empeña en cuestionarse a sí mismo a golpe de ira y cólera.

 

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