Sociedad

Postales de Palencia: La de Victorio esculpiendo al Cristo

Borja Barba se detiene esta semana en la calle Mayor para darnos su visión sobre la escultura homenaje al escultor

Postales de Palencia: La de Victorio esculpiendo al Cristo

Palencia

Bajo ese sol filtrado y mortecino propio del mes de enero, Victorio Macho, palentino universal, da vida al Cristo. Lo hace ajeno al trajín habitual de la Calle Mayor y a una ciudad que se despereza. Inmerso en su obra, con la que dialoga en silencio. Como si tratase de escuchar sus oportunas indicaciones para hacerlo emerger de la piedra. O quizá sea el mismo Victorio el que está susurrando el secreto a la piedra para que se suelte al vuelo.

Luis Alonso quiso moldear el bronce que representa a Macho en actitud de amor infinito hacia su creación. Ignorando el continuo vaivén de viandantes y de sus pasos apresurados para combatir el frío. Con su mirada absorta en la talla y bañada de una intimidad inquebrantable. Desprovisto de academicismos, el Cristo va naciendo poco a poco del bloque pétreo y mudo que lo encierra. Con trazo firme de fe y geometría. Vertical, como una certeza. Inmóvil e imperecedero, como una promesa sin caducidad.

Observar la obra de Luis Alonso en el centro de la ciudad ayuda a establecer una conexión inmediata con la creación de Victorio y a dar dimensión humana a su magnífica obra del Cerro del Otero. Es un metal palpitante surgido en el corazón de la ciudad que nos lleva de la mano a comprender la trascendencia social de su verdadero símbolo.

Ya queda menos para terminar de cincelarlo. Su rostro, su lacia cabellera y sus contundentes facciones. Su vestimenta rasgada verticalmente como una proyección hacia el cielo. Y sus manos. Esas manos desmesuradas. Esas manos tan grandes como para recoger hasta la más tímida plegaria del último rincón perdido de la meseta. La escultura pronto dejará de pertenecer al martillo y el cincel del artista. Porque Macho ya lo ha comprendido: en el momento en el que el último golpe de cincel remate su obra colosal, el Cristo del Otero ya no le pertenecerá.

La efigie sagrada mira eternamente a Palencia desde las alturas. Y lo hace a través de los ojos del propio Victorio Macho. Como si fuese el propio escultor quien otea el horizonte sin fin de los campos góticos, mientras comprende que lo que ha dejado allí es algo más que un simple armazón de hierro y hormigón. Es una vigilia eterna de místico art-déco. Es un simbólico santo y seña. Es un abrazo cálido y acogedor. Y es, por encima de todo, un guardián de piedra para la ciudad de Palencia.