El accidente de Adamuz y la fragilidad humana
Las Claves de Pedro Brouilhet, párroco solidario del barrio de San Antonio y de Grijota (Palencia)

Palencia
El accidente ferroviario de Adamuz nos ha sacudido a todos. Cuando ocurre una tragedia así, las cifras y los titulares se quedan cortos. Detrás de cada noticia hay personas, familias rotas, proyectos que se detienen de golpe y un dolor que no entiende de ideologías ni de banderas. Hoy, lo primero y lo más importante es mostrar nuestra solidaridad con las víctimas y con quienes sufren las consecuencias de este suceso.
Este tipo de accidentes nos recuerda algo que a veces olvidamos en medio del ruido diario: la fragilidad del ser humano. Creemos tenerlo todo bajo control, confiamos en la tecnología, en la rutina, en la seguridad de lo conocido. Sin embargo, en un instante, la vida puede cambiar para siempre. Nadie está preparado para perder a un ser querido de manera repentina, ni para enfrentarse a la incertidumbre y al miedo que dejan estas tragedias.
Ante situaciones así, no caben la confrontación ni las palabras vacías. No es tiempo de reproches rápidos ni de usar el dolor como arma arrojadiza. Frente a las polarizaciones que tanto nos dividen, es necesario apostar por la solidaridad, la unidad y la cercanía. Acompañar, escuchar, respetar el silencio de quien sufre y tender la mano sin preguntar a quién vota o qué piensa.
La sociedad demuestra su verdadera fortaleza en los momentos difíciles. En Adamuz, como en tantos otros lugares golpeados por la desgracia, debemos estar a la altura: unidos, humanos y conscientes de que todos somos vulnerables. Hoy más que nunca, recordemos que el apoyo mutuo y la empatía son el mejor camino para honrar a las víctimas y para seguir adelante como comunidad.




