Postales de Palencia: La del bibliobús en carretera
Borja Barba nos invita a contemplar y recordar la imagen que deja en la provincia de Palencia el paso de los bibliobuses

Postales de Palencia: La del bibliobús en carretera
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Palencia
Como Jorge Luis Borges, siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca. Un espacio para dar cobijo y satisfacción a eso que los japoneses pusieron nombre y bautizaron como ‘tsundoku’. Ya saben, esa tendencia a acumular más libros de los que uno sería capaz de leer en una vida y de la que me siento profundamente culpable. Lo que quizá Borges no consideró fue que la dificultad del acceso al libro a préstamo en determinados entornos rurales podría acabar profundizando la brecha cultural abierta entre el campo y la ciudad. Y de lo que estoy convencido que no sospechó fue de que un navío terrestre, sin cuadernas ni timón pero con ruedas, transportaría sueños, aventuras, romances, poesías y conocimiento escrito a todos los rincones donde habitase una única persona con ganas de abrir un libro.
Hoy, día 28 de enero, se celebra en toda España el Día del Bibliobús. Una efeméride que agradece la labor indispensable de este servicio como herramienta para proteger el derecho fundamental del acceso a la cultura por parte de toda la población, con independencia de su lugar de residencia. Una celebración que reconoce a un engendro con ruedas que trata de ofrecer una tregua contra el abandono. Un milagro discreto que conecta, como un hilo de Ariadna, a los vecinos de la España silenciada con el laberinto infinito de la lectura.
Y aunque no corren buenos tiempos para un servicio inmerecidamente desatendido, y que languidece por causa de ese mismo abandono contra el que lucha a diario, me sigue despertando un gesto alegre cada vez que me cruzo con algún bibliobús surcando alguna de nuestras lentas y descarnadas carreteras secundarias. O aparcado, orgulloso y distinguido, en la plaza de Salinas, de Ledigos o de Mazariegos. Porque cada kilómetro recorrido es una línea escrita sobre el cuarteado mapa de nuestra provincia. Cada parada, un punto y aparte donde la cultura se niega a desaparecer. Y cada préstamo o cada recomendación literaria, una mudanza silenciosa en la que el mundo propio permanece al fondo y alguien comienza a respirar con pulmones ajenos para desaparecer sin marcharse.
Ya se marcha el bibliobús con sus estanterías vibrando sobre el asfalto. Desafiando a la soledad de los pueblos como un corazón rodante que late a destiempo de un mundo apresurado y rompe el mar helado de nuestros páramos. Atrás queda el silencio de Bahillo. O podría ser el de Arconada, porque yo ya no los distingo. Solo el ronroneo del motor rompe la quietud. Y en ese eco, Palencia se reconoce como una tierra extensa y que lee despacio. Gracias a ese ingenio mecanizado que no solo presta libros, sino que también lucha contra el olvido.




