Postales de Palencia: La del puente de Salinas
Borja Barba nos acerca esta semana hasta Salinas de Pisuerga

Postales de Palencia: La del puente de Salinas
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Palencia
Hay sitios por los que parecen no pasar los años. Lugares que uno observa inmerso en su quehacer cotidiano y en los que el tiempo, sencillamente, no corre. Franquear las aguas del Pisuerga en Salinas por el imponente brazo pétreo de su puente supone fundirse en comunión con un testigo secular. Una estructura sobre la que el transeúnte parece contagiarse del manso fluir de las aguas del río, aquí ya algo más reposado que en sus primeros kilómetros, mientras la corriente arrastra consigo oblicuas sombras de alisos, reflejos de cielos austeros y, sobre todo, decenas de historias anónimas susurradas al viento.
Aquí en invierno el Pisuerga afina su voz. El agua helada, como un espejo arrojado al cauce, devuelve la imagen invertida de los nueve desiguales ojos del puente, dibujando una cremallera cerrada que solo se rasgará en los días de crecidas y ante los deshielos impacientes propios de estas fechas. Acompañante de decenas de generaciones, el puente de Salinas se yergue como un pacto silencioso entre el río y sus orillas. Durante siglos, fue herramienta para el reencuentro. También escenario de despedidas. Porque todo puente vive bajo la dictadura de esta cruel dicotomía que le empuja a no saber nunca si es lugar de buen recuerdo o de cobijo de lágrimas.
Cruzar el puente es siempre un acto de fe. Una apuesta por lo incierto, al dejar atrás la orilla para buscar el lado opuesto confiando en que la solidez de la estructura aguantará las caricias de nuestros pasos y los embates de la corriente. Decía Franz Kafka que todo puente que haya sido construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin necesidad de derrumbarse. Lo hacía así para subrayar la fragilidad de la existencia y el carácter inevitable de ciertos finales. Y contra el significado de esa metáfora kafkiana parece luchar a diario el magnífico puente salinense. Firme ante el abismo de las aguas y atento y servicial con quien lo atraviesa.
Abandono Salinas en dirección sur. Avanzando sobre su puente y escribiendo una página más de su imponente historia, como hicieron tantos otros muchos años antes. Y como lo seguirán haciendo muchos años después. Lo hago admirando su sobria belleza y confiando en la fortaleza de estas piedras muertas, a las que dejo intercambiando eternas confidencias con las frías aguas del Pisuerga.




