El deporte infantil tiene que ser un juego
Las Claves de Pedro Brouilhet, párroco solidario del barrio de San Antonio y Grijota (Palencia)
Sobre los incidentes en un partido de niños de seis y siete años
Palencia
Todos hemos escuchado con estupor el espectáculo bochornoso que hubo en un partido de prebenjamines el fin de semana pasado. Enhorabuena al concejal de deportes Orlando Castro por su carta abierta a la ciudadanía.
Cuando los padres convierten el deporte infantil en un campo de batalla, olvidan por completo para quién es realmente el juego. El deporte en la infancia no debería ser una fábrica de campeones ni un escaparate de frustraciones adultas. Amenazar, humillar o exigir resultados no forma mejores deportistas, sino niños nerviosos, inseguros y, en muchos casos, alejados para siempre de la actividad física. Un niño que juega con miedo a fallar no disfruta, no aprende y no crece; solo sobrevive al partido esperando que termine.
Conviene recordar una verdad sencilla y a menudo ignorada: la inmensa mayoría de estos niños no serán estrellas del deporte. Y no pasa absolutamente nada. El verdadero valor del deporte infantil está en enseñar a compartir, a respetar normas, a aceptar la derrota, a celebrar el esfuerzo y, sobre todo, a hacer amigos. Ahí es donde se ganan los partidos importantes, aunque no aparezcan en el marcador.
Los padres deberían ser acompañantes, no entrenadores desde la grada ni jueces implacables. Animar, apoyar y aplaudir el esfuerzo es mucho más educativo que gritar órdenes o reproches. Apostemos por que los niños jueguen, se diviertan y se sientan libres de disfrutar del deporte como lo que es: un espacio de aprendizaje y felicidad, no una carga ni un examen constante. Porque cuando el deporte deja de ser un juego, los únicos que pierden seguro son los niños.