Sociedad

Postales de Palencia: La de Santa María de la Vega

Borja Barba nos acerca una nueva postal palentina, esta vez desde Renedo de la Vega

Postales de Palencia: La de Santa María de la Vega

Palencia

Un día, de pronto, se apagó el fuego que calentaba aquel lugar. También lo hicieron los candiles que mantenían la claridad entre sus celdas y que daban vida a sus kilométricos pasillos. Sin voces para entonar los salmos ni pies que recorrieran sus estancias, su destino estaba escrito. La profunda herida de la exclaustración provocada por la Desamortización de Mendizábal fue el golpe definitivo que devino en derrumbe del Monasterio de Santa María de la Vega, situado muy cerca de la localidad de Renedo de la Vega. Sus menguadas ruinas asoman hoy entre la maleza salvaje como un esqueleto de ladrillo y fe. Un testimonio socavado que sorprende al viajero más atento a su paso por la 615. Y que reserva su mejor cara exclusivamente a los más curiosos. Como si se avergonzara de lucir desvencijada después de un pasado magnífico.

Porque lo que solo algunos conocen, porque no está a la vista de cualquiera, es que las ruinas de Santa María de la Vega esconden un soberbio ábside mudéjar que fue en su día el corazón y el orgullo del monasterio. Sus arcos de herradura giraban al aire como filigranas de viento en cuerpos sucesivos. Sus ladrillos macizos brotaban del fértil suelo de la vega del Carrión buscando elevar las plegarias al cielo, en una indómita conjunción de arquitectura y oración que disolvía los límites entre lo humano y lo divino. Y así fue durante al menos seis siglos.

Pero la piedra se agrietó. Las cubiertas se desplomaron. La hierba comenzó a hacer cosquillas a los sillares, serpenteando entre sus grietas. El caso es que la historia y los acontecimientos se desbocaron como una tempestad en alta mar. La retirada de las tropas francesas hacia la frontera y sus ansias de saqueo. La caída en manos privadas. El desinterés. La desinformación… Santa María de la Vega comenzó a sufrir la erosión implacable del paso de los días. Cesaron los rezos y las piedras perdieron su solidez, los arcos olvidaron su forma y las bóvedas dejaron de dar cobijo.

A veces, algunos días, entre las brumas pálidas que anuncian el alba, aún se pueden apreciar los restos de su grandeza. Los ladrillos del ábside, hoy de un rojo descolorido, apenas susurran ya un murmullo sordo de abandono. Me alejo de las ruinas de Santa María de la Vega caminando por las tierras y respetando los sembrados que ya brotan. El sol de febrero atenúa ya una helada que penetra en el suelo para que las botas se carguen de barro. Me giro, sacudido por la nostalgia, para observarlo una última vez. Encogiéndose entre las tierras y cobijado bajo la niebla. Mientras la hiedra y la hojarasca terminan de escribir la crónica que los monjes tuvieron que abandonar inconclusa.