Postales de Palencia: La del Castillo de Saldaña y la expiración de la reina
Borja Barba nos invita a conocer un nuevo paisaje de la provincia que esta vez nos lleva a Saldaña

Postales de Palencia: La del Castillo de Saldaña y la expiración de la reina
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Palencia
Dos pequeños reyezuelos en pantalón corto y con las rodillas peladas se asoman desde una fotografía familiar en blanco y negro. Uno de ellos aparece blandiendo un palo retorcido, forjado probablemente con el mejor acero toledano e implacable repeliendo aceifas al norte del Duero. El otro se sienta sobre una montonera de cantos y argamasa que simula ser un trono real, idóneo para épicas fantasías infantiles, y que no es más que el resto de un desprendimiento. Uno más de los muchos desprendimientos que desde hace al menos dos siglos han ido socavando el Castillo de Saldaña. Una ruina que languidece lentamente, desde muchos años antes de que el más longevo de los vecinos tuviera uso de razón, mientras llora piedras de nostalgia a la espera de alguien que venga a socorrerla y recomponerla.
No se entendería Saldaña sin la eterna vigilancia silenciosa del Castillo coronando el caserío desperdigado desde el altozano sobre el que se yergue. Por eso mismo, los de Saldaña, de cuna o de corazón, nos resistimos a dejar de llamar “castillo” a lo que para cualquier visitante no pasa de ser una triste ruina desapercibida. Silentes y descarnados, los muros que aún permanecen en pie evocan la regia figura de una mujer de hierro. Una mujer adelantada a su época y que fue capaz de desafiar a una vida convulsa por el mero hecho de hacer aquello que nadie esperaba que hiciera: cuando el mundo le exigía sumisión, ella escogió soberanía.
Fueron estos mismos muros desdentados y que hoy abrazan la decrepitud los que dieron su último cobijo a la reina Urraca I de León, la primera monarca con plenos poderes en la Europa Occidental. Fueron estos mismos muros con sus atardeceres rojizos y sus vistas al Carrión los que se ofrecieron como idílico locus amoenus para la hija del Bravo y madre del Emperador. Fueron estos mismos muros, dicen las crónicas, los que acogieron la definitiva expiración de la reina. Un 8 de marzo del año 1126, en la amanecida. Estos mismos muros que, sin pretenderlo y de manera casual como ocurren las cosas que acaban siendo para siempre, acabaron convirtiéndose en el testigo secular de las vidas de generaciones y generaciones de saldañeses. Estos mismos muros descangallados que, este próximo domingo, proyectarán su lánguida sombra sobre los actos conmemorativos del noveno centenario del fallecimiento de Urraca, la Imperatrix.
Tengo la incómoda sensación de que, a fuerza de mirar siempre hacia delante, hemos perdido la noción de dónde y de quiénes venimos. De que circulamos por la vida sin tiempo para echar un vistazo al retrovisor. Y, con frecuencia, ese retrovisor nos arroja imágenes imprescindibles para seguir camino adelante. Como la de una mujer que se negó a ser sombra y que aprendió a gobernar entre el fragor de la batalla y el susurro venenoso de sus cortesanos. Una mujer que escogió ser rayo antes que rama quebrada. Una mujer que personificó la trascendencia de cuanto acontecía en el viejo condado saldañés hace ahora diez siglos.




