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Postales de Palencia: La del atardecer en Piedrasluengas

Borja Barba nos lleva a un nuevo paisaje de la provincia, el paso natural entre Palencia y Cantabria

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Palencia

Siempre me invade la misma sensación cuando alcanzo el Puerto de Piedrasluengas. Porque suele decirse que este escueto remanso entre las alturas circundantes, este paso natural hacia los valles vecinos, separa Palencia de Cantabria. Yo, sin embargo, prefiero sentir que las une. Que vertebra territorios, saberes y culturas a uno y otro lado del límite administrativo. Que hace de enlace geográfico entre valles hermanos, suavizando el relieve para dar acomodo a una carretera que, una vez que cruza el umbral palentino, parece por fin poder desenmarañarse sin estrecheces y con comodidad mesetaria. Y lo hace estirándose, después de ascender desde el lado lebaniego hecha un ovillo de asfalto y enroscada entre los hayas y los robles como una mano hábil entre las piernas de la mujer amada.

Aquí la luz es especial. Como si se filtrara a través de un tamiz para iluminar una película de Tarkovski creando una atmósfera onírica. Casi irreal. Tanto, que nos hace sentirnos a miles de kilómetros de la civilización y formando parte de un paisaje al que no pertenecemos. Sobre las laderas, que ya empiezan a verdear, un puñado de vacas pastan hierba como si rumiasen el paso de un tiempo que no conocen. De vez en cuando, alguna levanta la cabeza. Es un motor que ronronea en su esfuerzo por alcanzar el puerto. Ruge y resopla en su ascenso, antes de terminar dejándose llevar bajo el abrigo de los hayedos.

La característica silueta almenada de Peña Labra, mascarón de proa de la Sierra de Híjar, vigila desde sus más de dos mil metros todo cuanto sucede bajo sus faldas. El viento desciende con fuerza después de afilar la voz entre sus rocas parduzcas. Enfría su aliento y arrastra consigo jirones de algunas nubes que aún permanecen enganchadas en las cumbres y que se resisten a desvanecerse con la caída del sol. Son esos últimos rayos del día los que tiñen las nubes de naranja primero. Y más tarde de un color violáceo que se va oscureciendo hasta convertirse en noche cerrada.

Asomado al mirador, observo cómo allá abajo se funden ya a negro los profundos pliegues verdes de Cantabria, recónditos como una brecha abisal y extendidos hasta aupar a los Picos de Europa. La oscuridad se apodera del puerto, que se desploma hacia un refugio de sombras y de sonidos desconocidos guarecidos en la espesura del bosque. El día termina de abrocharse y con su despedida recupero mi viejo pensamiento de que Piedrasluengas es una frontera. Pero una frontera que no divide, sino que enlaza. Es lugar de paso, pero también de parada y pausa. Porque los límites son, a menudo, una mera ilusión topográfica y la tierra, como la vida, se despliega por donde quiere sin pedir permiso a nadie.

 

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