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Postales de Palencia: La de la Calle Mayor

Borja Barba nos adentra en las curiosidades de la calle Mayor de la capital palentina

Postales de Palencia: la de la Calle Mayor

Palencia

Los soportales nacieron de una necesidad práctica: proteger del frío castellano, de la lluvia obstinada y del sol veraniego que cae vertical para golpear la meseta como una bofetada a traición. Fueron punta de lanza de un modelo urbanístico generoso y acogedor en el que, dejando de lado egos arquitectónicos y delirios consistoriales, el principal protagonista era, precisamente, el ciudadano que lo habitaba. El que le daba sentido.

Bajo el cobijo de los soportales de la Calle Mayor de Palencia se ha fraguado tradicionalmente algo más que abrigo y protección. Allí se ha trabajado el trueque y la recia seguridad castellana de la palabra dada. La charla intrascendente. La compra menuda de a diario y el saludo recurrente. Una dependienta fuma en su descanso junto a la puerta de una tienda mientras conversa con un repartidor. Se miran como Ilsa y Rick en Casablanca. De una manera que a uno le hace pensar que en esas palabras hay algo más que paquetería y un albarán firmado. Lo hacen en el mismo sitio y a la misma hora que ayer. Y que mañana, con toda probabilidad. Porque en la Calle Mayor el comercio se volvió encuentro. Y el encuentro, lentamente, fue haciendo comunidad.

Es la Calle Mayor una travesía de cadencia pausada. Un escenario en el que la vida transcurre como en un eterno plano secuencia en el que todos los actores desempeñan un papel principal y en el que decenas de guiones se entrecruzan para dibujar el bosquejo de la ciudad. Son personajes que navegan en la rutina de acudir al trabajo, de comprar el pan y echar la Primitiva o de deambular con la mochila a la espalda en horario en el que uno, observador nato, presume que en el instituto han quedado tres sillas vacías.

La luz se filtra oblicua entre columna y columna para alargarse sobre el paseo y resaltar la Calle Mayor como un libro abierto al que se le caen las frases de sus páginas. Frases encarnadas en cada uno de sus viandantes, cuyos pasos son las letras que componen esta larga historia. Y es entonces cuando uno comprende que la importancia de la gran arteria palentina no reside únicamente en la antigüedad de sus piedras y de las columnas que elevan sus soportales. Ni en la vigilancia perpetua de los balcones y las galerías que a ella se asoman. Su relevancia histórica no es otra que la de la obstinada costumbre de devolver saludos, cruzar una fugaz conversación bajo el soportal o quedar a las siete en “la Gorda”. Porque mientras sigan existiendo personas que habiten, que comercien, que conversen, que se enamoren sin saberlo y que recorran cada día la Calle Mayor, Palencia seguirá, poco a poco, escribiendo su milenaria historia.