Postales de Palencia: La de la lucha contra el olvido
Borja Barba reflexiona esta semana sobre el olvido que sufren muchos pueblos en nuestra geografía

Postales de Palencia: La de la lucha contra el olvido
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Palencia
Hoy no vengo a hablarles de ningún lugar en concreto. O tal vez sí. Porque el escenario que pretendo dibujar en su imaginación cuando escuchen este breve relato es tristemente común en nuestra geografía. Un pueblo no es un decorado de cartón-piedra en el que todo está dispuesto a gusto del visitante luciendo resplandeciente para la foto de rigor. Un pueblo es un sufrido intento de supervivencia en un medio inhóspito y que no está preparado para acoger vida humana. Un pueblo es una licencia extraída a la tierra y un pequeño hurto a la naturaleza. Un pueblo es un lugar con vida. O, por desgracia y cada vez con mayor frecuencia, sin ella.
La trastienda de cualquier entorno rural esconde muchas veces realidades impactantes como una herida lacerante. A la espalda de una portada románica, de un roble centenario, de una coqueta casa rural o de un huerto milimétricamente alineado con sus cebollas y sus puerros en formación marcial, se abre un escenario sobre el que muchas veces pasamos sin percibirlo. Un desolador muestrario de ausencias y de historias que no terminaron de narrarse y que jamás aparecerán reflejadas en los itinerarios turísticos ni en las rutas interpretadas.
Los pueblos se mueren cuando dejan de ser necesarios para quienes los habitan. Pero un pueblo abandonado nunca queda del todo vacío, sino que está lleno de aquello que se marchó para no volver. Porque, aunque los mapas sigan gritando su nombre, ya no habrá niños que llenen las calles del pueblo de risas y juegos. Ya nadie volverá para atizar la trébede y seguir construyendo hogar.
Las casas han olvidado su nombre mucho antes de que el viento y la lluvia hayan terminado de llevárselas a rastras. Al principio fue apenas un susurro. Un pequeño desprendimiento de tierra en la esquina de una casa abandonada. El adobe cedió con un sonido sordo, como un suspiro de alguien a quien ya nadie escucha. Y cayó al mismo suelo del que surgió. Luego vino otro. Y otro más. Con cada tarde que pasaba, el pueblo parecía encogerse sobre sí mismo. Como si la memoria de sus ancestros se estuviera desmoronando en forma de bloques de tierra arcillosa. Y así, poco a poco, era como ocurría. Las vigas de roble crujían lentamente. Resignadas y tratando de soportar una carga que ya no eran capaces de sujetar. Hasta que un día simplemente claudicaban y se quebraban bajo un estruendo que ya nadie podría escuchar. Hartas de mantener la vieja casa en pie y cansadas de esperar a alguien que nunca iba a llegar. Agotadas de luchar en vano en un territorio que ya había dejado de pertenecerles y que el olvido, llamando a la puerta puntual como la muerte, reclama ya como propio.




