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Dolor en el Líbano

Las Claves de Pedro Brouilhet, párroco del barrio de San Antonio y Grijota (Palencia)

"Ponerse en el lugar de esas familias es intentar imaginar un dolor que no cabe en palabras"

Palencia

Ayer, la noticia de más de 300 personas asesinadas en el Líbano volvió a recordarnos algo que a menudo olvidamos cuando vemos las cifras en una pantalla: detrás de cada número hay una vida, una historia, una familia rota. No son estadísticas, son padres, hijos, hermanas, amigos que ya no volverán.

Ponerse en el lugar de esas familias es intentar imaginar un dolor que no cabe en palabras. Es pensar en una madre esperando una llamada que nunca llegará, en un niño que no entiende por qué su padre no vuelve a casa, en una mesa que hoy queda vacía. Es despertarse en un mundo que, de un día para otro, se ha vuelto irreconocible.

No mirar a otro lado

Desde fuera, es fácil acostumbrarse a este tipo de noticias. Pasan rápido, se acumulan, y seguimos con nuestra rutina. Pero para quienes lo viven, el tiempo se detiene. Su tragedia no dura un día ni ocupa un titular: se convierte en una herida permanente.

Quizá lo mínimo que podemos hacer es no mirar hacia otro lado. Recordar que la violencia nunca es sólo un hecho lejano, sino una suma de pérdidas humanas irreparables. Y, sobre todo, no olvidar que la empatía también es una forma de justicia: reconocer el dolor ajeno es el primer paso para no normalizarlo. Y el siguiente paso es luchar para que los responsables de esta matanza y de otras similares, sean juzgados en el Tribunal de la Haya.