Postales de Palencia: La de Támara contra el horizonte
Borja Barba nos lleva esta semana hasta la localidad de Támara de Campos y a la inmensidad de la iglesia de San Hipólito

Postales de Palencia: La de Támara contra el horizonte
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Palencia
Estoy plenamente seguro de que no soy el primero, ni seré el último, que ha pensado en el paralelismo de Támara de Campos con la imagen de un islote emergiendo de entre las aguas del océano. Su caserío se alza discreto sobre un tenue cerro recortado contra ese irregular horizonte de la Tierra de Campos que se extiende como un mar en calma. Cuando en el paisaje comienzan ya a marcarse los rasgos cerrateños, la tierra va cediendo el tono rojizo de la campiña arcillosa en favor del blanquecino de los páramos calcáreos. Támara se eleva como una atalaya de adobe fronteriza, en eterna vigilia bajo la bóveda inmensa del cielo castellano. Y ya desde la distancia, un elemento poderoso llama la atención del viajero…
Dominando la población con sus proporciones catedralicias, se alza la Iglesia de San Hipólito el Real. Desmesurada y majestuosa, como un pensamiento grandioso en medio de la sencillez endémica de la zona, eleva su gótico poderío cansada de la horizontalidad que la rodea. Su torre herreriana, legataria de aquella primigenia que coronaba el templo y que colapsó en la noche de fin de año de 1568, obliga a alzar la vista apareciendo como una paradoja arquitectónica: demasiado grande para el silencio que la rodea y extremadamente colosal para la población que hoy ampara entre sus naves.
El tiempo parece encogerse cuando uno pasea entre la angostura de las calles de Támara. Desde que el paseante se interna en su callejero por el Portillo del Caño, franqueando su antiguo amurallamiento medieval de idéntica forma a como probablemente se hiciera diez siglos atrás, la vasta serenidad terracampina da paso a un reducto de historia y monumentalidad condensado en un lugar modesto y desapercibido. Un villorrio al que el Camino Francés hacia Santiago dio la espalda por exigir un rodeo al peregrino y que supo, pese a todo, mantener su dignidad y su nobleza hasta que el desarrollismo urbano y el éxodo rural de mediados del siglo pasado comenzaron a menoscabar su memoria.
Támara y San Hipólito continuarán contemplando desde sus alturas esas llanuras imposibles que hoy vemos verdear cimbreantes al compás del viento y que mañana lucirán áureas y agostadas antes de claudicar a la cosecha. Seguirán exhibiendo personalidad y presumiendo de pasado ilustre. Y, aunque las modernas vías de comunicación y los corredores turísticos de primer nivel se empeñen en traicionar su legado, siempre habrá algún curioso visitante, como éste que ahora les habla, dispuesto a luchar contra esa idea borgiana de que nada se parece tanto al olvido como la indiferencia. Decidido a desviarse de su camino y a elevar su mirada al cielo. Más allá, incluso, de los pináculos altivos de San Hipólito.




