Cuando imaginamos más de lo que escuchamos: el ruido mental que distorsiona la comunicación
Interpretamos silencios, miradas y palabras a medias como si fueran pruebas irrefutables, pero muchas veces el conflicto no está en el otro, sino en la historia que construimos dentro de nuestra cabeza

Espacio de Comunicación en el que hablamos de cómo nuestra mente tiende a llenar los vacíos con conclusiones apresuradas
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Alcobendas
En la era de la hipercomunicación, donde los mensajes vuelan y las respuestas se esperan al instante, paradójicamente entendemos cada vez menos. Nos pasamos el día interpretando un silencio prolongado, una mirada esquiva o una frase mal dicha para crear una película completa en nuestra mente: con argumento, culpables y un final casi siempre dramático. Pero, ¿y si el problema no fuera lo que el otro hace o dice, sino lo que creemos que está pensando?
Este fenómeno, tan cotidiano como invisible, es uno de los grandes enemigos de la comunicación efectiva. En lugar de preguntar, suponemos. En vez de contrastar, interpretamos. Y lo hacemos desde nuestras propias inseguridades, experiencias previas y miedos no resueltos. Así, un mensaje breve puede convertirse en desinterés, una pausa en indiferencia y un silencio en rechazo.
En el espacio de Comunicación con Sarah Baglietto, ponemos el foco en cómo nuestra mente tiende a llenar los vacíos con conclusiones apresuradas. El cerebro detesta la incertidumbre y, para protegernos, inventa respuestas. El problema es que esas respuestas no siempre son reales. Más bien suelen ser proyecciones: creemos que el otro piensa algo negativo de nosotros cuando, en realidad, puede estar cansado, distraído o simplemente viviendo su propio caos interno.
Este tipo de interpretaciones automáticas no solo afectan a las relaciones personales, sino también a los entornos laborales, familiares y sociales. Cuántos conflictos nacen de una conversación que nunca ocurrió. Cuántas discusiones se alimentan de frases que nadie dijo en realidad. Vivimos reaccionando más a nuestras suposiciones que a los hechos.
La comunicación sana exige un ejercicio incómodo pero necesario: frenar la película mental y volver a la realidad. Preguntar en lugar de asumir. Escuchar sin traducir cada palabra a través de nuestras heridas. Aceptar que no siempre somos el centro del pensamiento ajeno y que el silencio, muchas veces, no significa nada más que silencio.
Entender esto no implica dejar de sentir, sino aprender a distinguir entre lo que ocurre fuera y lo que se genera dentro. Porque cuando dejamos de interpretar constantemente al otro, empezamos a comunicarnos de verdad. Y tal vez entonces descubramos que el mayor malentendido no estaba en la conversación, sino en nuestra propia cabeza.
En tiempos donde hablar es fácil pero entender es complejo, revisar nuestras interpretaciones se convierte en un acto de responsabilidad emocional. Comunicar no es adivinar pensamientos, es construir puentes. Y para eso, primero, hay que apagar el ruido interno.

Nacho López Llandres
Desde 2005 presento el tramo local de Hoy por Hoy en la zona norte de Madrid, además de contar noticias...




