Manchas, resbalones y fauna inesperada: el lado menos amable de algunos árboles ornamentales y cómo convivir con ellos sin perder belleza
Entender su biología, anticiparse a sus ciclos y elegir bien dónde plantarlos es la clave

Sección de Botánica sobre los problemas que pueden causar los frutos de los árboles
El código iframe se ha copiado en el portapapeles
Miraflores de la Sierra
En nuestro espacio de Botánica con Óscar Domínguez solemos celebrar la generosidad del mundo vegetal, pero no todo lo que brota es siempre bien recibido. La semana pasada, la visita a un jardín con un aligustre de gran porte, podado de manera drástica y poco respetuosa, volvió a poner sobre la mesa un debate recurrente: ¿qué ocurre cuando los frutos de un árbol se convierten en un problema cotidiano? Los propietarios estaban cansados de las manchas, del trasiego de mirlos y del aspecto descuidado que dejaban los frutos al caer. Su solución fue tajante. Quizá demasiado.
No es un caso aislado
Hay árboles y arbustos cuyos frutos generan auténticos quebraderos de cabeza en jardines urbanos, patios, aceras o zonas de paso. Los inconvenientes suelen repetirse: manchas persistentes en el suelo o la ropa, atracción de insectos y aves —con el consiguiente “daño colateral”—, superficies resbaladizas tras la caída del fruto maduro e incluso olores desagradables cuando la pulpa fermenta.
Entre los ejemplos más conocidos están las moreras, tan agradecidas por su sombra como temidas por sus frutos carnosos, capaces de teñir el pavimento de morado durante semanas. Algo similar ocurre con los olivos, cuyos pequeños frutos, al caer, no solo manchan sino que convierten suelos lisos en auténticas pistas de patinaje.
Los aligustres, muy usados como seto o arbolado urbano, producen abundantes bayas negras que atraen a multitud de aves. El resultado es un jardín animado, sí, pero también sucio. Los nísperos, con frutos grandes y muy visibles, pueden generar problemas cuando no se recogen a tiempo, especialmente en espacios públicos. Y qué decir del Ginkgo biloba, un árbol fascinante por su historia y su follaje, pero cuyas semillas femeninas desprenden un olor intenso y poco agradable al madurar.
Las higueras y los ficus merecen mención aparte. Sus frutos son deliciosos o, al menos, muy llamativos, pero también pegajosos y prolíficos. Además, aquí conviene detenerse en un aspecto botánico que había quedado pendiente: la fecundación del higo, un proceso tan singular como fascinante, que depende de una pequeña avispa especializada y que explica muchas de las particularidades de este “falso fruto”. El madroño, por su parte, combina flores y frutos casi al mismo tiempo, lo que multiplica su atractivo… y también la cantidad de restos que acaban en el suelo.
Respuestas y soluciones
Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿hay que renunciar a estos árboles para evitar problemas? La respuesta es no, o al menos no necesariamente. Existen estrategias para minimizar los inconvenientes sin sacrificar la belleza ni recurrir a podas agresivas que debilitan al árbol y afean su estructura.
Una poda bien planificada, en el momento adecuado y con criterio, puede reducir la cantidad de fruto sin dañar al ejemplar. En algunos casos concretos se emplea etefón, un regulador del crecimiento que disminuye la fructificación, siempre bajo asesoramiento técnico y cumpliendo la normativa. Las mallas o sistemas de recogida, discretos y temporales, son otra opción en jardines privados, especialmente durante el periodo de maduración.

Nacho López Llandres
Desde 2005 presento el tramo local de Hoy por Hoy en la zona norte de Madrid, además de contar noticias...




