Postal de la calle de los Tintes de Cuenca
Dividida por las aguas del Huécar, la calle de los Tintes recuerda el antiguo oficio de los tintoreros que tenían sus talleres junto al río

Edificios con fachadas de colores en la calle de los Tintes. / Cadena SER

Es poco habitual encontrarse en las ciudades españolas una calle recorrida en toda su longitud por un río. Pues esta es la principal característica de la calle de los Tintes de Cuenca. Desde la Puerta de Valencia hasta el parque del Huécar, el río del mismo nombre se hace paseante y se suma al caminar de la gente por la vía empedrada, eso sí, él, el río, por su cauce también de piedras pero con vegetación autóctona en las orillas. Y no es que el río haya buscado esta calle para pasear por Cuenca, sino que la calle buscó la corriente de agua, allá por el medievo, y se estructuró a lo largo del cauce.
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Postal de la calle de los Tintes de Cuenca
La calle de un gremio
Por aquellos años, o siglos, en los que la vieja ciudad estaba recogida sobre el promontorio rocoso que forman los ríos Júcar y Huécar justo antes de juntar sus aguas, los habitantes de Cuenca hacía vida dentro de la urbe fortificada y protegida. Más allá de las murallas quedaban las huertas, las tierras de labor y de pastoreo y los ríos. Pero había profesiones que necesitaban el agua para su oficio, por lo que se asentaron junto al cauce del Huécar, a los pies de la ciudad. Estos fueron los tintoreros, gremio dedicado al tintado de las telas, lanas y cueros, un oficio muy activo y necesario en todas las épocas, más en aquellos años de la confección artesanal de ropas.
En la actualidad la calle de los Tintes está muy arreglada, con buen pavimento y con el río encauzado entre muros, eso sí, recuperada su vegetación autóctona tras unas obras de adecuación desarrolladas por la Confederación Hidrográfica del Júcar allá por 2005. Pero la imagen de este espacio en tiempos de la Edad Media debió ser muy distinta. Seguramente no existía la calle en sí y este lugar era un arrabal por el que las aguas fluían libres entre juncos y laderas de tierra a las que se aproximaban los tintoreros con sus oficios. Con el tiempo la ciudad creció al otro lado de la corriente y llegó el día en que fue una necesidad adecuar una calle. Las crecidas traicioneras del Huécar motivaron también su encauzamiento hasta adquirir la calle su aspecto original.
De puente a puente
Puestos a recorrer la calle, empezamos el paseo en la Puerta de Valencia para seguir aguas abajo. Antes de entrar en la calle dejamos atrás el paseo del Huécar, el inicio de la calle de Las Torres, la subida de la calle Alonso de Ojeda y los restos de la muralla antigua con uno de los torreones de los que formaron en su día el entorno de la puerta que permitía la entrada y salida a la ciudad en este punto. Restos de esa muralla se conservan también en otros lugares de esta calle, en la margen derecha del río, restaurados y recuperados para afianzar su conservación.
Recorremos la calle de los Tintes por la margen izquierda de más fácil acceso para los viandantes, pero también ofrece espacios atractivos el otro recorrido que discurre bajo las fachadas, voladizos y balconadas de las calles que se asoman desde la calle de la Moneda, dentro ya de la antigua ciudad fortificada.
Sigamos nuestro paseo. El río a un lado, las casas a otro, y más balconcitos en las fachadas pero de un estilo más moderno en esta vertiente de los números impares. Una posada aquí, una taberna más allá, el Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Industriales, de repente un callejón que se escapa a la izquierda y en seguida ya la calle Gregorio Catalán Valero que nos conduce a la plaza de los Carros. A nuestra derecha, en ese punto, un puentecito que se adentra, entre escalones y bajo un arco, hacia la calle de la Moneda.
Aquí el río y la calle giran ligeramente hacía la derecha y afrontan ya su último tramo juntos. Pero les acompañamos. Son apenas unos metros, hasta la confluencia de la calle del Agua que sale hacia la izquierda camino de la plaza de España. Calle ahora de Fray Luis de León pero que no ha perdido su nombre popular que recuerda las crecidas del Huécar que gustaba de esparcir su cauce por esta vía para asomarse con sus aguas a la Carretería y dar más de un susto a los vecinos de este barrio. Enfrente, encaradas al casco antiguo, suben dificultosas las escalerillas del Gallo junto al edificio del Almudí.
Y siguiendo el río, metros más abajo, dejamos a la izquierda la calle Gascas, nombre bien traído a este punto de la ciudad pues recuerda a la localidad de la Manchuela que desapareció bajo las aguas del embalse de Alarcón a mediados del siglo XX. Quién sabe si el destino la inundará alguna vez con las aguas del Huécar, que sigue su curso camino del Júcar dejando atrás la antigua calle de los tintoreros de Cuenca.




