Viernes, 14 de Agosto de 2020

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Mario Ocaña

‘Perdición’

Firma Mario Ocaña, 'Perdición'

Cuando alguien vive en un lugar como este, la orilla norte del estrecho de Gibraltar, corre el riesgo de caer en la perdición con mucha frecuencia. Conozco a un montón de gente que recurre a ella varias veces en semana, es decir, siempre que puede, y que ni siquiera es consciente del sentido de su acción. Se les ve caminando por carriles y veredas, silenciosos, observadores, inmersos en la naturaleza apabullante de abril, deteniéndose junto a los arroyos que descienden por las vaguadas o contemplando horizontes lejanos en los que se recortan continentes azules u océanos infinitos.

Caminan los perdidos sin rumbo aparente ensimismados en las hojas nuevas de los alcornoques, en las espirales de los helechos que emergen de la tierra húmeda o en el vuelo fugaz de los jilgueros que llenan de color y velocidad los claros, las dehesas y los bordes de los caminos. Miran con ojos sorprendidos el tamaño de los quejigos y fotografían sus troncos repletos de ombligos de Venus y helechos parásitos, o, cuando sus pasos perdidos los acerca junto a los restos de alguna torre o fortificación costera, la imaginación, y a veces el conocimiento, les lleva a imaginarse sobre la línea horizontal de un mar pacífico, el paso de las velas blancas de flotas que, en otros tiempos, navegaron por estas aguas.

Abril es uno de los meses preferidos para la perdición, para salir a contemplar la floración explosiva de los rododendros de la Sierra de la Luna que son, como si dijeramos, tiranosaurus rex vegetales que se han conservado vivos e intactos pegados a las riberas de los arroyos que bajan desde los bosques de niebla – la lluvia horizontal, que llaman algunos – hasta las llanuras de la costa, donde sirven de refugio, en marismas y juncales, a la fauna volátil que reside aquí durante el año o a los que van de paso, en ese proceso de eterno ir y venir, del norte al sur y viceversa.

Perdidos sobre el tapiz del bosque navegan en el aire los grandes veleros, sobre el valle de Ojén, en Montecoche, sobre todos y cada uno de los lugares de este espacio natural que se extiende sin interrupción desde las costas del Estrecho a las escarpadas sierras de Grazalema. Un espacio en el que perderse no sólo no es un accidente sino una oportunidad para encontrarse de lleno con un trozo de la naturaleza que aun no ha sufrido, del todo, el impacto del ser humano.

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