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¡Apaga y vámonos! con Romualdo López | 11-04-2016

"Resulta emocionante escuchar de primera mano las historias de toda una generación de practicantes de un oficio de mucho riesgo que ahora, dicen, está en peligro de extinción, dando sus últimos coletazos"

Manuel Leguineche, conocido reportero de guerra /

La guerra en casa.

Anoche cogí el sueño mientras veía en la tele pública un reportaje sobre el trabajo de los reporteros de guerra. Siempre me ha fascinado esa profesión y nunca me he atrevido ni me atreveré a ejercerla. La vida va avanzando poco a poco y cada vez acumulas más cosas que perder. Con lo cual, la guerra no está en mis planes, a no ser que haya un levantamiento popular en España, fruto del hartazgo ante la demostración periódica de incompetencia de nuestros gobernantes. Lo veo complicado, lo del levantamiento, digo. Y poco deseable, teniendo en cuenta que aún no hemos superado un montón de taras sociales y políticas heredadas de la guerra civil y posterior dictadura. Aunque estoy seguro de que aquí, en nuestro país, la guerra empezaría en un bar, probablemente a la hora del almuerzo y por algo relacionado con el fútbol.

Frivolidades aparte, quiero insistir en mi admiración por la nobleza y el arrojo que tiene el marcharse a un territorio de conflicto, de forma voluntaria, sin armas y con la única intención de ponernos delante un espejo que refleja la peor cara del mundo. La guerra es un vertedero de ambiciones en el que se acumula todo lo que desechamos los humanos en supuesta paz. Nuestro cerebro desenfoca de forma interesada lo relacionado con la sangre, las bombas, las víctimas en general. El reportero de guerra lo busca, llega hasta allí a contracorriente, lo graba, lo narra y te lo pone en las narices. Cuando lo dejan, claro.

Resulta emocionante escuchar de primera mano las historias de toda una generación de practicantes de un oficio de mucho riesgo que ahora, dicen, está en peligro de extinción, dando sus últimos coletazos. Los intereses de los grandes medios cambian y moldean la forma en la que se retransmite todo, incluso el terror. Quién sabe si desde un despacho con un cuadro de mandos, una sola persona adinerada acabará grabando lo que pasa en el mundo a través de un ejército de drones. Sin embargo, para mí, llegar a lo más alto en lo que a periodismo se refiere siempre estará estrechamente relacionado con estos hombres y mujeres, con su compromiso profesional. Nunca con un despacho.

Me vais a perdonar la expresión, pero lo único en que pensaba ayer, mientras escuchaba, admirado, al cámara José Luis Márquez, es en que tenía unas pelotas gigantes, mientras las mías se me ponían de corbata con sus historias. Hoy me he levantado visualizando su huida de la plaza de Tiananmen dentro de una ambulancia, escondido con unos cartones y con un montón de muertos y heridos encima. O andando 3.000 kilómetros en Eritrea junto a Miguel de la Quadra Salcedo. Y también con Carmen Sarmiento, a punto de ser tiroteada en Nicaragua o viendo morir de hambre a los etíopes y contándoselo al mundo en su serie Los Marginados. O con Diego Carcedo entrevistando al loco que gobernaba Uganda y le pedía a Franco que mandara unos coches para hacer un rally que demostrara que sus carreteras eran estupendas. A cambio, le prometía solucionar el problema del Sahara. Recordaré un rato también a González Green encañonado en el Zaire, casi fusilado. O a Manu Leguineche canturreando melodías vascas para animar a sus compañeros. También, como no, a todos los que no han podido contar más historias porque han caído en combate, como José Couso, víctima de un fuego que resultó no ser tan amigo. Y otros muchos... Me quedo con una frase de Carmen Sarmiento en referencia a todo lo que ha visto en su trayectoria: “Si no fuera porque creo en la capacidad de lucha y revolución del ser humano, no podría ni sonreír”.

Y aunque estemos en abril, nos despediremos con el White Christmas de Bing Crosby, que según Diego Carcedo era la contraseña que ofrecía la radio de las fuerzas armadas americanas para que los últimos que quedaban en Vietnam saliesen corriendo a los puntos de evacuación a la desesperada. Por cierto, en Vietnam, con 19 añitos, también estuvo grabando José Luis Márquez. ¡Qué tío!

Romualdo López

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Cadena SER

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