Miércoles, 28 de Octubre de 2020

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Poesía

Luz y color. Un recorrido por los versos dedicados a Cuenca en verano

Desde Baroja a Umbral pasando por Federico Muelas, Gerardo Diego, Acacia Uceta o Benjamín Palencia, recopilamos palabras y versos que ha inspirado Cuenca

Vistas de Cuenca desde el paraje de San Isidro.

Vistas de Cuenca desde el paraje de San Isidro. / José Vicente Ávila

Seguimos celebrando en este 2016 el XX Aniversario de la Declaración de Cuenca Ciudad Patrimonio de la Humanidad. En anteriores programas de Páginas de mi Desván con José Vicente Ávila hemos recorrido la ciudad y sus alrededores siguiendo los versos o las palabras que escritores o poetas ilustres han dedicado a Cuenca. “Cuenca blanca y verdiplata”, (el Invierno) y “Cuenca, cierta y soñada, capricho de la Naturaleza”, (la Primavera) fueron las entregas anteriores. Hoy el paseo literario nos lleva por escenarios estivales. Escucha aquí el programa en la radio:

'Páginas de mi desván' en Hoy por hoy Cuenca. / Paco Auñón

“A docenas y docenas de altura, altivos crestones y viejas casonas contemplan expectantes las mutaciones que los tiempos van instalando en las orillas, desde los baños que siete siglos largos atrás regia el Fuero de Cuenca, a las maderadas, tan compactas, que emboscaban el agua; de los juegos taúricos a las actuales competiciones deportivas. Y siempre la paciencia recompensada de los pescadores al acecho de la suculenta trucha”, escribía el poeta de Cuenca, Federico Muelas.

“Rueda la rueca del Júcar / por cauce de sauces y lentiscos / mientras el ponisol duerme rojo / por los tejados ingrávidos”, canta el poeta José Luis Lucas Aledón, que exclama en estos versos: “¡Que abandonada locura la del Júcar por la Sierra! ¡Qué melancólica marea cuando llega a la piedra seca del Caballo!”

“Agua verde, verde, verde” que cantó Gerardo Diego. En su Cuenca apasionada, Manuel Real Alarcón también hablaba del verano conquense: “Cielo de veraneo es el indolente serpentear del Júcar con caudal de esmeraldas, entre mantos de sombra y orquesta de chopos, que se elevan señoriales expandiendo la humedad bravía y serrana de sus raíces. Cielo, es el ascetismo que se desprende de toda la Hoz en combinación con las rocas y la vegetación. Y verano, es la serenidad del paisaje, que libera de la tensión nerviosa del apresurado vivir, acondicionada al humano a la expansión de su ser para el disfrute del paseo en barca, el chapuzón en la playa artificial o el simple paseo recreativo entre la arboleda frondosa y confidente de quietudes y misterios austeros del alma”.

Luis López Anglada se dejó llevar por la corriente poética de los dos ríos conquenses para dedicar este bello soneto:

“Cuenca, concha de amor, abrazo breve / de la piedra a los ríos. Suena el viento / en el arpa del álamo y, sediento, / en el espejo de las piedras bebe. / Júcar y Huécar, paso a paso, hermanos, / ahondan sus hoces y se dan las manos / para cantar a coro sus canciones. / Cuenca, quieta en sus altos graderíos, / para decir adiós a los dos ríos / cuelga su corazón de los balcones”.

“¿Es símbolo el color?” El poeta Manuel Martínez Remis se hacía esa pregunta en otro soneto a Cuenca, símbolo y paleta colorista:

“Roban azul del cielo los pinceles / disfrazados de chopos de ribera. / Cuenca es como una hoguera donde arde / todo un sueño de rojos y añiles. / ¿Es símbolo el color? En él se siente / que Cuenca tensa el arco hacia el futuro / con una flecha de esperanza”.

Pedro de Lorenzo descubre Cuenca una y otra vez. Su mirada de crítico literario columbra las hoces y toma nota para su Relicario conquense: “Ha puesto el viajero sus ojos en la Hoz, anfiteatro rebañado en bárbaro telón de moles peñascosas: precipitantes en ese telón se estampan las casas colgadas…. Calles y callejas. Colores de viejas fachadas por los que aparecen enredaderas y geranios. Cuenca de peldaño en peldaño, fugitiva de sí misma, podíamos decir con el poeta Federico de Cuenca”.

Enrique Domínguez Millán, escritor y viajero por el mundo, se rinde ante la tremenda irrealidad de una ciudad esbelta, ligera y grácil equilibrista, que al mismo tiempo es hercúlea, de trazo masculino, de volúmenes gigantes y desnuda y radical orografía. Así la describe el escritor conquense:

“Cuenca es una ciudad inverosímil de puro original y desconcertante. A un tiempo ingrávida y firme, dulce y áspera, disparatada y serena, toda antítesis le es consustancial y toda paradoja tiene en ella su asiento. En Cuenca la proporción fracasa, la norma se quiebra, la ley física se desmiente a sí misma”.

“El caserío de Cuenca es una pirámide de casas viejas, apiñadas, manchada por la lepra amarilla de los líquenes”, dejó escrito Pío Baroja, que describió a Cuenca como “nido de águilas hecho sobre una roca”.

“Te tengo, Cuenca, dormida entre mis brazos, / empapada en la calma que signa lo sagrado…”. José Ángel García le habla en versos a la Cuenca que descubrió para quedarse en ella. Y entre la arboleda de Santa Ana termina su poema: “Por los rayos de sol que casi despereza / se te está empezando –por Mangana— / a despertar, niña, ingenua, / una sonrisa de julio amanecida.”

Acacia Uceta alza su voz en este sentido poema: “Plaza Mayor, que nunca fue cuadrada, / ni tampoco redonda como el sol, / desigual en sí misma y encendida / lo mismo que un amante corazón… / El pueblo gira en esta plaza estrecha, / suelo de roca y frente de ilusión. / Se funden los que suben, los que bajan, /los que nacen o mueren al amor…”

Plaza de luces y de sombras, de niñas jugando al sol, a la que Acacia Uceta pone un sentido final a sus versos: “Cigarra enamorada de mi sangre, / en este agosto lleno de esplendor / apuremos la copa del verano: / necesito esta plaza y su fulgor”.

“Cuenca es una ciudad provinciana que es más del cielo que de la tierra”, nos decía un día Francisco Umbral, en tertulia compartida con Meliano Peraile y Raúl del Pozo, el conquense de corazón serrano de Mariana, que proclama a los cuatro vientos que “Cuenca es una de las columnas del habla española, es una pequeña Atenas entre los pinos, entre el aire y las rocas, pues tenemos las Hoces más hermosas del mundo”.

El pintor universal Benjamín Palencia nos decía apasionado en un encuentro en Albacete: “Cuenca es una ciudad fantástica porque parece un fondo de los que ha pintado Leonardo Da Vinci en el fondo de sus grandes retratos. Cuenca es fantástica en el sentido de la arquitectura, pues parece que la Naturaleza ha hecho a Cuenca”.

Y terminamos con estos versos de Eduardo de la Rica: “Cuenca queda detrás, delante, encima / y delante de todo. Un viento anima / su plural dimensión desde la aurora”.

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