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La firma de Inés Illán Calderón

Los políticos, todos y cada uno de nosotros ¿sabemos lo que realmente hacemos? ¿Tan tenebroso es nuestro mundo que es imposible saberlo? Tenebroso todavía no, pero dispersivo, divertido, entretenido, vaya que sí. Los detentadores de la desigualdad, la injusticia y la libre frivolidad desfilan con paso firme, dispuestos a gobernar cien años, ¡qué menos! Los explotadores son muy francos, no se cortan en decir: “Ahora empezamos”. Solo se oye su voz de mando. Las otras voces, las de los oprimidos, están como ahogadas en un charco de lágrimas: “nunca lograremos lo que queremos y necesitamos”.

Desengancharse de letanías y comodines es difícil, sobre todo si estamos atados inmóviles, a una rueda móvil. Pero no somos Ixión, el condenado. Vivimos en permanente ajetreo, sin convencimiento, sin esperanzas: la roja, porque se largó, harta de no tener suficientes seguidores; la verde, porque era verde y se la comió un burro; la morada porque, de tanto aproximarse al sol que más calienta, se fue poniendo descolorida, parda. Quienes parecían poner toda su industria en saludar a la plebe, notan que ella, polierótica, se va con otros y con otras, recitando el canto de los tejedores de Silesia: “en vano creímos y os miramos. Nos habéis engañado... Pero cruje el telar, la lanzadera vuela. Tejemos, tejemos”.

En Gijón, inquilinos de la Casa Sindical han marcado al otro sindicato con palabras sicarias emponzoñadas: “Traidores”, “chivatos”, “especuladores”, “fartones”. Una torpeza política espectacular, fea, intolerable.

La industria se desmantela. Recuperemos su significado primero como cualidad humana: “inteligencia práctica”, “habilidad”, “actividad”, “diligencia”. Ser hombres y mujeres de “industria”, adrede, intencionadamente, “de industria”: esa es la tarea, el giro.

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