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Martes, 10 de Diciembre de 2019

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Un detective en el barrio de Salamanca

Ana Alonso nos descubre cómo es la vida de Ignacio Ochoa, detective privado

Es miércoles. Ana Alonso se ha trasladado a la calle Ayala, en pleno barrio de Salamanca. Parece un día de otoño normal, nublado, tal vez más cálido que otros años en estas fechas. Los transeúntes caminan con prisa, salvo alguno que otro que se para para mirar los escaparates de las tiendas. Sin embargo, en uno de los portales de la calle tiene su despacho Ignacio Ochoa, detective privado desde hace 17 años. Allí ha quedado con él Ana para descubrir los entresijos de una de las profesiones más desconocidas.

“Se habla mucho de la paciencia, pero yo creo que lo más importante en este trabajo es la tenacidad”. Según la experiencia de Ignacio Ochoa, un detective tiene que superarse a sí mismo continuamente, A menudo surgen momentos en los que parece que un caso no tiene salida, y “es fácil desesperarse”, cuenta el investigador. También es fundamental saber adaptarse a cualquier situación, hay sitios en los que se pasa desapercibido llevando un jersey raído y en otros tienes que llevar una americana impecable. Al final, la máxima siempre es la misma: “no llames la atención”.

 Ignacio decidió que quería ser detective después de hacer la selectividad. Como todos sus compañeros, buscaba algo que se adecuara a sus motivaciones y capacidades cuando descubrió los estudios de detective privado. “Me pareció que era interesante y que podía cuadrar con mi forma de ser. Y fue un acierto”, sentencia después de casi dos décadas resolviendo casos.

Los clientes más habituales de Detectives Ochoa son pequeñas y medianas empresas y particulares. Los primeros suelen pedir investigaciones sobre bajas fingidas o competencia desleal, mientras que los servicios más habituales que solicitan los segundos son investigaciones sobre custodias o de impagos de pensiones.

“Personalmente me gustan los casos de personas desaparecidas”. Muchas veces acuden a él clientes que buscan a algún heredero o a alguien a quien han perdido la pista. “Esos trabajos son muy bonitos”. “Una de las fuentes más habituales para investigar a una persona es la observación directa: el seguimiento y vigilancia de una persona”, relata Ignacio, “cada vez se hace menos lo de ir y preguntar, pero da una información muy importante”.

Después de una ilustrativa conversación con Ignacio, Ana vuelve a la calle Ayala, ahora un poco más consciente de que en el Madrid del siglo XXI aún hay detectives de los de las películas antiguas, de los que encuentran a personas perdidas preguntando a los vecinos. Y tal vez también un poco más paranoica de lo que llegó.

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