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Viernes, 13 de Diciembre de 2019

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A la mierda, no me admires

¡Quitad vuestras sucias manos de dictadorcitos de Hacendado del Carnaval de Cádiz!

Acabadas las existencias de papel de fumar, los adalides de la moral se la tendrán que empezar a coger con papel de estraza, de lija del 36 (por supuesto) o Dios Momo quiera que con enérgica vehemencia entre el quicio de una puerta. ¡Quitad vuestras sucias manos de dictadorcitos de Hacendado del Carnaval de Cádiz! ¡Apartad vuestras mediocres moralinas del indestructible humor, so siesos! ¡Rendíos ante la libertad panda de malajes! Y si algo no os hace gracia, no os riais, si algo no os gusta no lo compréis, si una peli os molesta no la veáis, si un cuadro os incomoda no pujéis por él, y si una canción os ofende no la pongáis de fondo en el video de vuestra boda, pero por qué extraña razón soberbia y prepotente creéis que al pintor, el compositor, el escritor, el creador y la creadora les importa lo más mínimo vuestra maldita opinión. El creador vomita porque lo necesita, no porque le venga bien al que vende Primperan. Vomita porque lo tiene atravesado, porque no puede quedárselo dentro, por terapeútica necesidad o incluso porque se mete los dedos y vomita porque le da la gana, y si encima le viene bien al que vende Primperan pues eso que ganan los dos. Que ya lo dijo Fernan Gómez: “A la mierda, No necesito que me admire, váyase a la mierda”. ¿Quién os ha dicho a más de uno y de una que es vuestra admiración lo que alguien va necesitando? Bajaos de ahí de una vez que de tanta prepotencia os vais a terminar matando.

O mejor aún, venid a por más, que estamos preparados, y si queréis apagar este fuego con gasolina, luego no vengáis con llorera de ofendido ante las quemaduras de primer grado, super y sin plomo, pero con plomillazo de bofetada sin manos a nosecuánto y pico octanos.

No habéis entendido nada. Nada. En Carnaval es precisamente cuando el pueblo canta, cuando la gente habla. El artista debe hacer lo que le da la gana y si con eso consigue vuestra admiración, pues mejor para los dos. Pero no confundamos la consecuencia con el motor. Durante todo el año cadenas de televisión, de radio, galeristas, editoriales, programadores de teatro, periódicos y demás empresas dedicadas a la difusión del arte y la cultura eligen y deciden líneas editoriales y aconsejan direcciones y premisas. Eligiendo quién puede y quién no. Qué se hace y que deja de decir. En Carnaval todo vuela por los aires. Las cámaras, los micrófonos, los periódicos y todas las miradas enfocan hacía un escenario libre, que tras cada subida de telón explota en absoluta libertad con repertorios y propuestas que nadie, absolutamente nadie ha mirado ni revisado. Sin filtros. Sin censura. De ahí puede salir de todo, la mayor genialidad y la peor barbaridad, pero es el único oasis real de absoluta libertad. Esa que tanto molesta, incomoda, ofende y horroriza y es que tan poco acostumbrados estamos a ella, que cuando nos revienta en la cara nos deslumbra y ciega y hay quien no es capaz de digerir que ante la libertad solo queda mamar y que la opción como espectador queda reducida, que no es poco a si consumirla o no, o lo que es lo mismo si mamar tragándosela o sin tragar, pero no es una opción la prohibición. El mal gusto no se puede prohibir por Ley y que algo no te guste a ti, aunque te parezca increíble, no es suficiente argumento para marcar la legislación, y abrir la puerta a las prohibiciones nos lleva a que alguien se erija moralmente por encima de otro alguien quedando herido de muerte cualquier ejercicio de libertad. Sobre todo porque en ese caso suelen ser los de arriba los que prohiben a los de abajo y eso es justo lo contrario de lo que pasa en Carnaval. Porque no habéis entendido nada. Nada. En Carnaval canta el pueblo, habla la gente, y entonces el arte que siempre quedo en manos de los aristócratas y burgueses que como no tenían que ir a la mina, al campo ni a los astilleros podían escribir, componer y pintar, pasa de manos y lo ejerce el gran bajunerío, la chusma selecta que diría el filósofo, o por hablar bien claro… nosotros… los pobres. Y eso es lo que les jode, que en carnaval los pobres cantan, los pobres hablan, sin censura, sin control, en absoluta libertad. Y aquí esta su esencia más maravillosa. El arte es libre cuando no hay nada que temer y no hay nada que temer cuando no hay nada que ganar y mucho más cuando no hay nada que perder. Y la única versión heroica de todo esto es cuando estás dispuesto a perderlo todo, pero en el caso de los pobres el truco está en que nuestro todo han conseguido que sea tan poco que se parece demasiado a nada. Y es ahí cuando desaparece el miedo.

Papel y boli, pan y chorizo. En mi hambre mando yo. El público debe aceptar su papel y no confundir capitalísimamente su función de espectador con la de comprador. El creador crea y le salen sus cuentas, y ahora tú tienes que pagar por verlo. El creador es el obrero del arte. El obrero tiene en su capacidad para trabajar su fuerza, y esta fuerza es tanta que quien la quiera tiene que pagar por ella. Un obrero sin dinero sigue siendo un obrero. El dinero sin obrero solo un pagaré sin dueño. El artista sin público sigue siendo un artista. El público sin artista ni siquiera es un concepto.

Ni Gila frivoliza la guerra, ni la vida de Brian quiere ofender al cristianismo, ni Les Luthiers, Mastropiero mediante, humilla a los compositores, ni Eugenio fomentaba el alcoholismo por beberse un gin lemon, ni el Yuyu lidera la lucha contra los gatos que mantienen los palomos, ni el Selu anda asociado con los líderes mundiales, o quizás sí, pero usted ríase o no se ría, es su bendita función aquí, pero déjese de prohibiciones y denuncias porque la pelea contra el humor ya le anuncio de antemano que la tiene usted perdida y es que contra la libertad, el ingenio y el talento solo le puede decir que tatataratachín tatataratachín… tampoco es pa ponerse así.

Fdo: un espectador, un creador, un carnavalero, un loco por Cádiz, cuna de la Pepa, la libertad de prensa, de opinión, de publicación y de expresión, madre y maestra del humor y de la absoluta libertad. ¡Viva Cádiz! ¡Viva el Carnaval!

 

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