Semana Santa
La opinión de José María Bellido

Hoy por Hoy Andújar (02/04/2018)
El código iframe se ha copiado en el portapapeles
Andújar
Alguna vez Podemos ha aventurado, entre sus múltiples extravagancias propias del consejo cívico de sabios de Los Simpsons, quitar la Semana Santa de Sevilla. Begoña Gutiérrez, uno de sus muchos tronos y dominaciones que en realidad nada podían sin el líder uno y trino que cada vez fue haciéndose más uno y menos trino, dijo que era algo que correspondería decidir a los ciudadanos y las ciudadanas. Yo no lo creo así: si decidieran los ciudadanos y las ciudadanas, nunca llegarían a erradicarse tonterías como las Fallas, la fiesta de quemar dinero, ni la Tomatina, la fiesta de tirar tomates, y habrían quedado incólumes tradiciones como arrancarle la cabeza a un ganso a tirones o tirar una cabra por el campanario (en este último caso, los ciudadanos y ciudadanas, o aldeanos y aldeanas, pagaban muy a su sabor la multa a tocateja para seguir haciéndolo). Yo quitaría, sin preguntar a los ciudadanos ni a las ciudadanas, casi todas las fiestas, menos, precisamente y desde luego, la Semana Santa. ¿Que por qué? Porque cuando casi todas las fiestas españolas consisten en hacer ruido, en esta se hace música o silencio. Porque es una de las pocas ocasiones en las que se hace ver públicamente el poder del Imperio romano. Porque el disfraz no es aquí un agravante sino un aliciente. Por su poder expresivo. Y porque si las demás fiestas se aguardan para dar rienda suelta, después del trabajo, a una alegría tan injustificada como obscena, en esta se glorifica el dolor y propone que se rían de nosotros, “profetiza, ¿quién te pegó?”, “¿Dónde está tu Dios ahora?”, “Este llama a Elías”. Si hay algo a eliminar en Semana Santa es a la gente y a las ropas chillonas, la estridencia en voces y colores, las terrazas, y a quienes ven las procesiones entre cervezas y grasaza. Dejaría sólo los helados, que no huelen y semejan cirios que gotean.
- JOSÉ MARÍA BELLIDO




