Miércoles, 02 de Diciembre de 2020

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85 Aniversario

Cadáver exquisito

Juntar 'viejos afectos' bajo el influjo del directo puede desembocar en un giro inesperado de acontecimientos

Es lo que les pasa a los protagonistas de este relato que José Luis Ferris, Elia Barceló y Luis Leante han ido encadenando, por separado, siguiendo la técnica del 'cadáver exquisito'

Los escritores Luis Leante, Elia Barceló y José Luis Ferri, en la librería Pynchon&Co

Los escritores Luis Leante, Elia Barceló y José Luis Ferri, en la librería Pynchon&Co / Joaquín P. Reina (Cadena SER)

Por los estudios de Radio Alicante pasan muchos invitados y, en ocasiones, el trasfondo de una entrevista hace coincidir en ellos a antiguos conocidos. Pero juntar ‘viejos afectos’ bajo el influjo del directo puede desembocar en un giro inesperado de acontecimientos.

Es lo que les pasa a los protagonistas de este relato que José Luis Ferris, Elia Barceló y Luis Leante han ido encadenando, por separado, siguiendo la técnica del ‘cadáver exquisito’.

Se trata de un viejo juego de mesa de los surrealistas franceses, basado en crear una obra de manera intuitiva y grupal, donde uno arranca y el resto, por turnos, le va dando continuidad.

Nuestros tres autores, además, lo han hecho sin estar bajo la influencia de ninguna sustancia -que sepamos-. En un tiempo récord y sin tener contacto entre sí han parido un texto redondo. Éste es su particular ‘cadáver exquisito‘.


Cuando entré en el estudio, Marcos ya estaba allí, acodado sobre la mesa y departiendo con los demás invitados como si el tiempo no fuera nada, como si su ausencia de más de veinte años se redujera a un percance liviano. Nada sabía de su vuelta a España y mucho menos de su presencia en un programa al que acudí confiada y movida por viejos afectos. “A las doce en punto, Clara, no nos falles de nuevo”. Alguien me había llamado desde la emisora, alguien que insistió en que teníamos mucho que celebrar: mi última exposición en Casablanca, el premio Ícaro de los críticos de Madrid, la entrevista del pasado domingo en The Washington Post. “Tus paisanos tienen ganas de ti, te lo recuerdo. Te vendes muy cara”.

Los años habían arrojado un jarro de miseria y oscuridad en el rostro de Marcos Olalla, “el Roy Lichtenstein de la plástica española”, como rezaban las crónicas de entonces. Por mucho que tratara de ocultar los estragos de la vejez, la piel fruncida de su cuello bajo un pañuelo malva y una camisa florida hasta el ridículo, el tiempo lo había convertido en una caricatura de sí mismo, en un hombre que nunca supo administrar ni el amor ni el éxito ni la fortuna. Dudé incluso de que fuera él el tipo grotesco que ahora tenía frente a mí, el mismo Marcos Olalla al que admiré hasta el dolor a mis veinte años, al que amé como a nadie a mis veinte años y al que odié con la desesperación y la rabia con que se puede odiar a los veinte años.

“Entramos en un minuto”. La voz de Carlos Arcaya dispersó de golpe los recuerdos. “No sabes cómo agradezco tu presencia, Clara. La emisora cumple 85 años y no podías faltar a un programa como el de hoy”.

No me reconoció, aunque su mirada me recorrió entera, apreciativamente, y su cuerpo se tensó, enderezándose sobre el asiento; de nuevo el depredador preparándose para la caza, como le había visto hacer veinte años atrás, en el momento en que, saciada ya su hambre, había decidido cambiar de amante a pesar de mi adoración incondicional, de todas las telas que había pintado para él “porque la tendinitis no le dejaba trabajar como quisiera”, renunciando a que mi firma apareciese al pie, o incluso en el catálogo como colaboradora, aceptando que esas obras pasarían a ser consideradas suyas para el resto de los tiempos.

A un gesto de Carlos, nos pusimos los auriculares después de habernos saludado con cabeceos y sonrisas. No hubo tiempo para más porque yo había llegado en el último momento. Sonó la sintonía y Carlos fue presentándonos uno a uno dejándome a mí para el final, ya que al parecer estaba convencido de que yo era el plato fuerte, la artista de moda que volvía de triunfar en Estados Unidos y apenas sí se iba a quedar un par de días en España antes de seguir a Sydney, a inaugurar una retrospectiva.

Marcos me miró entonces, asustado de mi presencia, admirado de mi juventud -al fin y al cabo, yo tenía cuarenta y un años y él más de setenta-, aterrorizado de lo que pudiese decir ahora sobre los viejos tiempos. Le sonreí segura de mí misma, disfrutando de su nerviosismo. Los años me habían hecho más dura, me habían otorgado un punto de crueldad que nunca hubiese creído posible a los veinte, cuando me pasé meses llorando su abandono.

Mis ojos le dijeron lo que pensaba hacer y tuve la satisfacción de verlo retorcerse en el asiento, de observar cómo su frente se perlaba de sudor y sus manos empezaban a retorcer el pañuelo malva que acababa de quitarse en el instante en que Carlos se lanzaba a hablar del momento álgido de la carrera de Marcos Olalla, en 1999, cuando presentó la serie que lo hizo famoso, “Momentos de pasión fin de milenio”, los doce cuadros que había pintado yo y en los que, sin que él lo supiera, había incluido algo que resultaría visible en cuanto se les hiciera una radiografía. Un pentimento que llevaba mi nombre, mi letra y mi emblema. Para la posteridad.

Finalmente, Carlos Arcaya le preguntó si aquella serie de cuadros era la parte de su obra de la que más orgulloso se sentía. Marcos se removió en su sillón, guardó silencio durante tres, cuatro, cinco segundos, ante la mirada de terror del técnico de sonido, y finalmente su soberbia pudo más que su prudencia.

“En realidad no”, respondió Marcos con aquel tono de voz que utilizaba cuando iba a decir algo trascendente. “Yo diría que de lo que más orgulloso me siento no es tanto de mi obra en sí, efímera a fin de cuentas como nosotros mismos, sino de la influencia que ha tenido sobre las posteriores generaciones de artistas que han visto en ella motivo de inspiración y alimento para saciar sus ansias creativas”.

Sonó tan grandilocuente y ridículo a la vez que tuve que taparme la boca para que mi carcajada no se colara por el micrófono.

Momentos de pasión fin de milenio es una obra extraordinaria, maestro”, le dije con la sonrisa más falsa y artificial que fui capaz de improvisar. “¿Reniega usted de ella?”.

Marcos Olalla se puso blanco, luego colorado, muy colorado, y finalmente le dio un traguito al agua de su botella para pasar aquel trance o, quizás, para ganar tiempo. De nuevo el silencio prolongado provocó el pánico en el rostro del técnico de sonido.

La fatalidad quiso que el agua entrara por el conducto inapropiado y pasara a las vías respiratorias.

Primero fue un golpe de tos seco. Después la respiratio interrupta. Luego el amoratamiento de faz y cuello. Más tarde los espasmos, la rigidez cutánea y por último el óbito por asfixia. No creo que fueran más de dos minutos, pero se hicieron eternos. Mientras Marcos Olalla sacudía la cabeza sobre el micrófono y los demás le daban golpes en la espalda, el técnico de sonido metió una cuña musical y, paradójicamente, sonó La gran broma final de Nacho Vegas.

Al entierro asistieron autoridades, artistas y periodistas en masa. Desconozco si acudieron movidos por sentimientos sinceros o por el morbo de averiguar qué se comentaba en los corrillos del tanatorio sobre la noticia que esa misma mañana había aparecido en la prensa y que revelaba, a través de una fuente anónima, que la autoría de los cuadros de Marcos Olalla era falsa. Y, cuando todos me preguntaron si era cierto el asunto de los pentimenti del que hablaba el periódico, yo me limité a poner cara de circunstacia y a decir con aflicción e incluso congoja:

“Queridos, no está bien hablar mal de los muertos; especialmente si están de cuerpo presente. Así que me perdonarán que ni confirme ni desmienta”.

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